»
Inicio > Columnistas > Wayúu | Efraín Peñate

Wayúu | Efraín Peñate

Efraín Peñate Rodríguez, colaborador.
Efraín Peñate Rodríguez, colaborador.

Qué nudo en la garganta se me armó en plena “batalla de flores” de la Kra. 44! Confieso que permanecí callado y al borde del sollozo algunos segundos en cuanto los labios descarnados de una dama metida en un confuso atuendo  (uno se imagina cualquier cosa en carnaval), me aclaró que lo que llevaba entre brazos en forma de momia hecha de madera, era una  réplica? Evocación? Imaginación?  de su hijo WAYÚU… muerto en un hospital de Barranquilla

-Mi niño Wayúu muerto… esto es lo que llevo! Me dijo en medio del bullicio de tambores, risas  y colorido  frenesí de las comparsas del carnaval .

Me sentí  culpable. Un culpable más de esas muertes de niños Wayúu  cuyas madres  han recurrido a Barranquilla en pretensión que de algo  o  alguien les salve esa incipiente  vida esfumándose en medio del hambre y la sed,  allá en las abandonadas estepas donde el destino los ha recluido.

Y  es que las muertes por física hambre, de estos angelitos Wayúu, es todavía la cuota de enorme sacrificio que hubieron de pagar los nativos de nuestro continente  (Abiayala lo llamaban) con ocasión de la invasión europea de mala calaña que arribó detrás de los 4 viajes del Genovés.

Indios Guaraníes de los territorios Paraguayos de hoy, debieron adoptar un macabro método de preservación de sus niños, que consistía en matar el recién nacido una vez fuera del vientre, si la pareja  ya  tenía  dos hijos vivos en edad infantil, a los cuales poder tomar de la mano (uno por el papá y otro por la mamá)  y cargar con ellos si fuere preciso huir de los criminales españoles conquistadores.

Indios Pijaos del centro de Colombia, optaron más bien por  lanzarse al vacío (padre-madre-hijos) en  las breñas y despeñaderos de las montañas del Tolima, para morir en suicidios colectivos antes que caer presos de los despiadados invasores españoles.

Ahora, la insensibilidad que nos transmitieron los “blancos” está confirmada en los que viven dominando todos los métodos de Gobierno en la actual región Guajira, en la que: sal-carbón-energía eólica-riqueza ictiológica- atractivo paisajístico, son renglones para explotar riqueza y distribuirla entre los nativos WAYÚU, dueños y  amos de  territorios de los que han sido despojados endemoniadamente.

A Barranquilla llegan todos desesperanzados a limosnear. No tienen otra opción. Con tan mala suerte que en esta ciudad no hay cómo condolerse. Acaba de posesionarse un gobierno local y departamental que aún  está  contando  votos, prioridad imprudente que relega a un último plano el clamor moribundo de confiados miserables cuyas bocas denotan angustia y desesperanza. Todo sin resolver… si mucho, cualquier clínica por ahí donde los infantes mueren por hambre.

Y de paso, Barranquilla está en pleno Carnaval, actividad que demanda inversiones para el “divertimento”, no para el “velorio”. Guaraníes y Pijaos sucumbieron frente a la criminalidad cuya herencia es la INDIFERENCIA. 

Según la agencia de la ONU para los refugiados, existen en Colombia 87 pueblos indígenas. Para la ONIC son 102. En sus autos 004 de 2009 y 382 de 2010, la Corte Constitucional colombiana ordenó la protección especial de 34 de ellos, que, como consecuencia del desplazamiento, la guerra y los numerosos proyectos de explotación, se encuentran en “grave peligro de extinción”.

El término puede tener dos connotaciones. Se habla de “extinción física” cuando los miembros de una comunidad se van reduciendo demográficamente sin que existan nuevos nacimientos y de “extinción cultural” cuando la dispersión de los miembros o la influencia exterior llevan a la disolución progresiva de las tradiciones y estructuras sociales de una comunidad.

Algunos pueblos enfrentan la amenaza de una doble extinción y 13 de ellos se encuentran en una situación que la ONIC califica como de “inminente riesgo de extinción”.

Para la Organización, se debería hablar de exterminio o etnocidio para referirse a la situación que padecen los pueblos indígenas en Colombia. Desde 2013 la ONIC lleva a cabo un proyecto de caracterización de dichas comunidades indígenas. En él participan sociólogos, antropólogos, geólogos, abogados y trabajadores sociales. Fue una de esas comisiones la que a finales de 2014 llegó al resguardo de Caño Mochuelo, en el que conviven ocho pueblos indígenas, entre ellos los tsiripus.

A mediados del siglo XIX los relatos de los misioneros describían a los indígenas del llano como “salvajes, fieros e irracionales”. Ese discurso sirvió como justificación para las denominadas “correrías”. Los mayores de esta etnia hablan de centenares de tsiripus masacrados con la complicidad de los misioneros.

Hacia 1940, los tsiripus, que en ese entonces eran aproximadamente 600, vivían como nómadas en un vasto territorio en el departamento del Casanare. Salvo esporádicos encuentros con otros grupos indígenas, podían moverse libremente y subsistían gracias a la caza, la pesca y la recolección. A pesar del doloroso encuentro con los “blancos” un siglo atrás, los tsiripus ya eran ese pueblo del que el cronista José Navia Lame escribió que “viven de la naturaleza y siguen las enseñanzas de Nakoum, su dios, de una manera tan estricta, que son capaces de entregar lo poco que poseen en sus ranchos si otro se los pide de manera cordial”.

Como consecuencia de la Violencia partidista, a finales de los 40 comenzaron a llegar a la Orinoquía los primeros colonos blancos que iniciaron la deforestación de las tierras en las que habitaban los indígenas para fundar y luego expandir sus haciendas. El apoderamiento de estos territorios se dio bajo la práctica de las «guajibiadas», verdadera caza de indígenas por deporte, en las que los blancos atacaban los asentamientos que los grupos nómadas establecían como bases temporales, para asesinarlos, capturarlos y utilizarlos como trabajadores, o simplemente por el placer de verlos huir.

Los testimonios recogidos por la ONIC señalan que  ante el temor de un ataque, los tsiripus dejaron de improvisar chozas temporales y se acostumbraron a dormir a la intemperie, incluso durante las temporadas de lluvia. Tampoco encendían hogueras, cuyo humo los haría visibles para los colonos. “No podíamos prender fuego de día porque los colonos veían dónde estábamos, nos tocaba comer crudo y no dormir en el mismo sitio más de una noche, el frío pegaba muy duro”. Sus niños lloran en coro por las noches, porque los despierta el hambre, ya que apenas alcanzan a consumir mango biche como alimento diario.

 A los  WAYÚU los azota el  hambre en medio del infernal calor y la sed, mientras las inmensas riquezas naturales de esa península pasaron a manos del  despiadado hombre blanco.

Efraín Humberto Peñate Rodriguez, eprrodr@hotmail.com

Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmail

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Top