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Claudia Jaramillo | Un muerto ilustre.

Claudia Jaramillo, colaboradora.
Claudia Jaramillo, colaboradora.

Para mí siempre fue normal ver aviones, era como una de esas cosas que hacía por inercia. Crecí al lado de la pista y los aviones estaban siempre saliendo hacia alguna parte o llegando de algún lugar. Sabía que había gente que venía a verlos de cerquita, como acercándose a una maravilla irremediable o al lugar de los sueños perdidos; después supe lo de Gardel.

A lado de la entrada al aeropuerto pusieron una estatua del cantante, sin pedestal, más pequeña que yo, siempre me he preguntado si fue por tacañería con el bronce o porque realmente Gardel era así de chiquito, es que uno se imagina los mitos de estatura desproporcionada, gigantes e inalcanzables. Carlos Gardel nació en alguna parte y murió en un accidente aéreo en Medellín en 1935.

El aeropuerto de la ciudad, antes se llamaba Campo de Aviación de Las Playas, como mi barrio, pero luego le pusieron el nombre de un expresidente que sacó a la mujer del patriarcado y la dejó heredar e ir a la universidad, don Enrique Olaya Herrera.

No sé de dónde viene esa extraña afición nuestra de ir a ver aviones, a cualquier hora cualquier día; en la esquina sur de la pista siempre hay gente viendo despegar o aterrizar aparatos, por que sí, sin más razón que sentarse a mirar los viajes que no se hacen. No sé muy bien tampoco si el mito gardeliano ya estaba creado o comenzó ese mismo día, un lunes 24 de junio a las 3 de la tarde.

Lo que sé es que yo nací en esta ciudad y de pequeña pensaba que Gardel era nuestro porque sonaba siempre, me criaron con tangos, guabinas, bambucos, cosas de cuerda, nada de pumpampun.

El cuerpo de Gardel había quedado calcinado por la furia de las llamas, se pudo reconocer por su dentadura, vestimenta y tal vez, porque era él, Gardel, una leyenda en vida. La ciudad veló y enterró el cadáver en el cementerio de San Pedro pero poco tiempo después las autoridades argentinas lo reclamaron y pidieron su repatriación.

La República Argentina estaba acosada por terribles casos de corrupción, el presidente necesitaba un circo para desviar la atención y lo encontró, Gardel era la excusa perfecta. La última gira de Carlos Gardel empezó en Colombia y de ahí fue a Panamá, luego en barco hacia los EEUU, luego a Brasil, luego a Uruguay y finalmente a la Argentina, el viaje fue largo. Salió de Medellín el 19 de diciembre y llegó a Buenos Aires el 5 de febrero.

Partió del cementerio en un coche fúnebre, muy elegante, de ahí lo subieron a un tren hasta que se acabó el raíl, de ahí en camiones de carga hasta que se acabó la vía, de ahí lo trasladaron en mula, hasta que encontraron otra carretera y lo subieron a un carro hasta que encontraron otra vez un tren y del tren pasó a un barco que salió de Buenaventura rumbo a Nueva York porque no había ruta directa Colombia-Argentina en barco, pero ahí no termina la cosa, tampoco había viaje en barco desde Buenaventura a Estados Unidos, por lo que desde el puerto de Buenaventura embarcó hacia Panamá -la buena noticia es que ya había canal-, y de ahí el féretro cambió de barco rumbo a Nueva York, como no salía barco hasta una semana después, pusieron una capilla ardiente hasta que por fin zarpó rumbo a Montevideo haciendo escala en Río de Janeiro y de ahí llega a Buenos Aires; casi dos meses pasaron después de salir de su sepulcro en Medellín con destino a su descanso eterno en el cementerio La Charita, apenas llegó lo acompañó una multitud que lo estaba esperando.

Ahora se puede dar la vuelta al mundo en un avión si uno quiere, lo difícil es viajar en barco. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que volviéramos a tener un muerto ilustre en el Olaya Herrera, en este caso, vino muy vivo en 1986 el papa Juan Pablo II, quien apenas se bajó del avión, besó el suelo, santificó la pista y bendijo la ciudad con su español de erres largas. Medellín se vistió de gala y los alrededores del aeropuerto se convirtieron en una gran feria.

Claudia Jaramillo, @LaMiope.

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