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Máximo Palacios Orellano | El eje del mal

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

El eje del mal (01 septiembre 2014)

Por estos días se cumplen 21 años de la entrada en vigencia de la Ley 70 de 1993 o de las comunidades negras, promulgada con el propósito de reconocer a esa etnia  los derechos colectivos al territorio y a establecer mecanismos para la protección de la identidad cultural, y de los derechos que a bien les conciernen.

No pienso negar que leyes como esa han propiciado plausibles gestas culturales y políticas que unos 40 años atrás eran impensables en Colombia, no sólo para los negros sino también para los indígenas y para todo el que se sintiera atropellado por el sistema discriminatorio que ha imperado desde siempre.

No obstante, más que esperar a que esas leyes sigan favoreciendo a etnias diferentes a la blanca, lo que en verdad espero es que desaparezcan de la faz de la tierra y que los seres humanos nos respetemos por la simple razón de ser eso: seres humanos.

Si un país que se jacte de ser medianamente civilizado acepta que en su seno se creen normas similares, está demostrando que de civilizado tiene poco y que de racista y discriminador tiene bastante, puesto que el sólo hecho de que un ciudadano blanco no necesite de leyes especiales para ser aceptado en su propia sociedad, indica que cualquier otro ciudadano también debería gozar de los mismos privilegios.

Pero, como la realidad es otra, los gobernantes de ese país siempre terminarán aceptándose como absurdamente racistas desde el mismo momento en que permitan que se redacten códigos especiales para favorecer a ciertos ciudadanos que, de otra forma, nunca serían aceptados en todas las esferas que conformen a ese conglomerado.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre blanco (el macho blanco) diseñó el sistema de vida que ahora tenemos. Fue diseñado por él y para él. Y por debajo de él quedaron las mujeres, los negros, los indios, los pobres, los homosexuales, los feos y discapacitados físicos y mentales.

Todo fue previsto para imponer y facilitar la vida del macho blanco, pero también para crear talanqueras que impidan el paso de los que supuestamente están por debajo de él. Eso explicaría la presencia del blanco como la imagen del triunfalismo, de la elegancia, del poder, de lo pulcro y de la belleza.

De acuerdo con esas premisas, el macho blanco tiene las puertas abiertas en todas partes, mientras que al resto le cuesta el doble y hasta el triple acceder a los pocos espacios que estén al alcance de su mano. Por eso, las continuas manifestaciones en pos de los derechos de la mujer, las leyes para incluir a los limitados,  las luchas por el respeto a las diferencias sexuales; por eso, tantas protestas alrededor del mundo, en donde el único eje del mal es la negación del respeto mutuo.

Aún así –y a pesar de tantos y tan antiquísimos ejemplos de racismo y discriminación–, el grueso de la gente lo niega. Pocos son los que aceptan que vivimos bajo un sistema concebido para que imperen categorías presuntamente superiores, con el macho blanco a la cabeza, por supuesto.

Pero lo que en realidad sucede es que cada cual alza la voz en cuanto se siente directamente maltratado por el sistema. De lo contrario, esos temas nos merecen la más grande indiferencia.

Tampoco pienso descalificar que cada cual emprenda por su lado las  protestas que conseguirían la reivindicación de sus derechos, pero qué bueno sería que todos nos uniéramos en una sola manifestación que por fin nos muestre el camino que verdaderamente lleva a la paz: el respeto por el otro.

Máximo Palacios Orellano, mpalacios@vamosaandar.com

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