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Verdad, primera víctima… | Rodrigo Ramírez

Rodrigo Ramírez Pérez, director de contenidos.
Rodrigo Ramírez Pérez, director de contenidos.

Siempre que acontece un hecho, sin importar su magnitud, la primera víctima es la verdad. El afán de darlo a conocer ante los demás permite que surjan versiones interpretativas individuales que en conjunto, construyen una distorsión total de la auténtica realidad.

Conversaba digitalmente con un amigo y planeábamos una cita etílica, cuando se interrumpió la charla con la siguiente consigan: “Acaban de matar en Olaya a tres policías”, escribió mi interlocutor. Pregunté: ¿Y eso cómo fue?

Al cabo de un roto, respondió: “Parece que se enfrentaron a pandilleros”, volví a leer en mi teléfono móvil. Repregunté: “En qué parte de Olaya.” Minutos más tarde, el afán de saber del lamentable hecho me llevó a consultar en redes sociales y medios periodísticos digitales.

Sin mayores informaciones, llamé a mi amigo, él también hacía las consultas, y lo que sabía hasta ese momento, era la muerte de tres policías en la “Ye” de las Palmeras con la carretera la Cordialidad al sur oriente de Cartagena de Indias.

A los pocos minutos, ya las redes sociales tenían las fotos de los uniformados sin vida tirados en la vía, y la información escueta: “Delincuentes se volaron reten y asesinaron a tres policías.” Más tarde se leía en medios digitales una versión más completa que indicaba lo mismo, y lo nuevo, era que una patrulla de la policía alcanzó abatir a los presuntos criminales, uno muerto en una calle del barrio El Pozón, y el otro, herido en un centro asistencial.

Mientras que por las redes sociales se conocían las fotos y videos de los dolorosos y macabros acontecimientos que mostraban a los policías inertes en medio de charcos de sangre. En el caso de los supuestos criminales, uno también muerto y ensangrentado tirado en la calle, mientras el otro, en atención médica con una herida de bala por debajo del tórax. Eran sin duda imágenes dantescas, que sólo el morbo las permite tolerar.

Al día siguiente, la información por medios periodísticos y redes sociales indicaba una versión diferente a la que se conoció inmediatamente al fatídico hecho. Se evidenciaba que era un “plan pistola” contra la Policía. Los uniformados fueron asaltados por los sicarios en un puesto de control, como si se tratase de un homicidio selectivo, así lo reafirmaba un video de seguridad que narraba el hecho criminal.

Sin embargo, tres días después de los hechos en Cartagena de Indias, lo que hay es un mar de información en planos hipotéticos, se asocian casos similares de atentados contra uniformados en otras secciones del país, para reafirmar el “plan pistola” contra la Policía, presuntamente como parte de la venganza armada de la organización criminal Clan Úsuga.

El plan de seguridad en la ciudad se incrementa, al tiempo que las medidas restrictivas y preventivas se vuelven a poner de moda con la misma fórmula para combatir y neutralizar a la delincuencia organizada. Ninguna, de estas decisiones son nuevas, los hechos son distintos pero similares a otros del pasado. Cartagena y el país frecuentemente experimenta “picos” estadísticos del aumento de la criminalidad. El problema es más de fondo, quizás se hace innecesario citarlo ahora porque sería reiterar en lo que todos ya sabemos, las consecuencias de la cultura del dinero fácil, Etc.

Vale la pena detenernos a reflexionar que mientras se rinden honores de héroes a los uniformados caídos, se destacan sus hojas de vida de policías correctos en el ejercicio de sus labores, dignos para seguir creyendo en la Institución Policía Nacional, una de las organizaciones del Estado colombiano, que cada día vemos caer en el descredito debido a muchos factores internos y externos, esos que todos imaginamos mientras leemos esta opinión.

El afán de justicia nos vuelve a ubicar en el plano especulativo, y se escriben consignas en las redes sociales señalando a las autoridades administrativas como responsables de la inseguridad que se vive en Cartagena y todo el territorio nacional. Es muy fácil buscar culpables. Seguimos mostrando al ciudadano como el más indefenso y víctima.

Poca gente es capaz de argumentar por las redes sociales o por los medios de comunicación soluciones civiles para contrarrestar la inseguridad y la delincuencia, por ejemplo, una iniciativa que vi enlazada en Facebook, citaba el modelo de seguridad ciudadana en la localidad de Alajuela, Costa Rica, mediante una publicación del medio digital La Nación. Este tipo de ideas le sirve más la sociedad que “disparar” críticas muy cómodamente desde el móvil o el computador.

Ese ejemplo, de ciudadanía participativa carecía de los abundantes “me gusta” y los controvertidos foros en la opción comentarios. Mientras que las opiniones o enlaces publicados en las redes sociales con señalamientos sueltos sin argumentos que valoren la trascendencia de los hechos se vuelven virales. Ese modelo de buscar culpables y de excluirnos del problema es una postura similar al bochinche o al chisme, donde es muy cómodo decir estupideces.

Mientras nos diluimos en dime y diretes; utilizamos las nuevas herramientas de comunicación masiva para desinformar, permitiéndose así, cada vez, estar más distante de la auténtica realidad o la verdad original de los acontecimientos.

El simbolismo del “teléfono roto” se robustece y permite que siempre estemos en el punto extremo de la especulación, en muchas ocasiones, siendo borregos de chismes, lo triste de todo, es que muchos sacan pecho con el vago argumento: “estoy ejerciendo mi derecho a la libertad de expresión”.

Rodrigo Ramírez Pérez, @vamosaandar.com, director@vamosaandar.com

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