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Jugábamos ayer en Chambacú

Ayer lo mataron, era el nieto de mi compañero de juegos, comencé a recordar cuando teníamos aproximadamente diez años, corríamos con la libertad que brindaban los playones dejados por la comunidad que trazaba el barrio a su antojo; teníamos la esperanza de todo lo infinito, porque la vida se nos mostraba como el hilo del barrilete que siempre elevábamos y nunca podíamos recobrar, hacía parte de nuestras ilusiones.

Nos iniciamos en la escuela de banco que tenía la seño Ismenia en la calle del Lago, era una calle recta, quizás la única del barrio, donde la bola de caucho corría sin encontrar contención. Pero allí estaba la escuela, donde las lecciones se daban con mucha tenacidad para alcanzar el deletreo y lograr la anhelada lectura de corrido, todo esto parece que iba en contra de nuestros deseos, no queríamos amarrarnos al banco de la escuela.

Pasado un determinado tiempo, comencé a sentir la necesidad de permanecer en aquella casa de recitadas lecciones, con el dolor por mi compañero, que optó por permanecer en el olvido de las lecciones deletreadas. ¡ No volvió a la escuela de la seño Ismenia!.

Mi compañero trazó su camino y siguió buscando lo que no exigiera estudio ni meterle mucha mente, no quería saber nada del silabeo ni la lectura de corrido, miraba como única salida la llegada al ejército, para vestir su uniforma de soldado con su fusil al hombro y transformar todas las películas que había visto en el teatro Variedades del barrio de Torices, donde sus sueños de niño chambaculero quedaban truncados.

Foto 085Allá en el ejército estuvo en andanzas de hombre libre y esperanza de volver a la vida civil para mostrarse como ciudadano reservista con libreta militar de primera clase y trabajar con la facilidad no permitida por el poco estudio que había realizado en su vida de niño, no había aprendido mayores lecciones, poco sabía, y por esto le era difícil sostenerse en la línea recta que exige la vida.

Unas veces se torcía por las circunstancias y los golpes de los que preservan el “orden”, estos caían sobre su humanidad y lo dejaban con la amargura del reservista frustrado con libreta de primera clase.

Pacho, mi compañero de barrio, entre los tantos caminos que anduvo, llegó a formar una familia y vinieron los hijos, caminantes y seguidores de la impronta del padre: cantadores, voceadores de los números de la lotería, eran hombres pregoneros de ilusiones- Pero lo que importa es la noche, en la espera de la salida del número del premio anunciado por la cifra que marca la lápida del compañero muerto.-

A mi compañero, Pacho “salsa”, no lo mataron el mismo día, su muerte se fue acumulando como los charcos que se formaban a la bajada de la Loma de Vidrio del barrio, los golpes sobre él, se hicieron más frecuentes, “los guardadores del bien ajeno” no lo dejaban transitar con la libertad que tuvimos cuando niños en Chambacú. Le pusieron el “inri” de “vida informal” y fueron diezmando su vida.

Cuando ya su cuerpo dejó de responder al deseo de vivir, murió y quedaron sus hijos caminando por la misma acera, unas veces brincando para no enlodarse por las aguas sucias retenidas, otras veces tocados por los golpes que ofrece la vida a estos seres. Además en los descendiente de mi compañero el “salsa”, se conjugaron factores hereditarios, tales como la propensión a la depresión temprana y el abandono por la escasez de mínimos recursos para hacer una vida digna, salieron a la calle al rebusque, y la suerte parece que los había marcado, con número que nunca ganaba.

Continuar lectura en el siguiente enlace: JUGÁBAMOS AYER EN CHAMBACÚ.

Juan Vicente Gutiérrez Magallanes, juanvgutierrezm@yahoo.es

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