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El domingo | Máximo Palacios

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

Para mí, los domingos del Caribe vienen cargados de una magia extraña.

Algo raro tienen, que desde que son las 9 de la mañana provocan despacharse una cerveza bien helada y encender el equipo de sonido, ya sea con una magistral interpretación de salsa o con cualquiera de los ritmos de las islas anglófonas o francófonas.

Por eso, me pregunto de dónde han habrán sacado ciertos pesimistas aquello de los supuestos aburrimientos que produce el domingo, porque de verdad que nunca los he notado. Ni siquiera en los domingos de mi infancia recuerdo haber experimentado algún ataque soporífero o exasperante.

Por lo contrario, los de aquellas épocas son los domingos más pintorescos que recuerdo, puesto que siempre amanecían con el esplendor del sol invitando a un día de playa, una visita al campo de sóftbol, una jornada de barriletes o simplemente una conversación de amigos en cualquier zona verde.

Si quienes califican de hartos los domingos se están refiriéndose a sus crepúsculos, también lamento contradecirlos, dado que las tardes dominicales incluso tienen su encanto. Reviso los calendarios de mis años menores y encuentro una tarde de televisión en casa de uno de los pocos vecinos que contaban con esos aparatos.

Rememoro entonces los hermosos capítulos de Bonanza, Los Picapiedra o Heidi. Retornan a mis álbumes sentimentales las películas mexicanas, en color sepia, que presentaban los teatros Don Blas, Rialto o Padilla. Saboreo nuevamente los panes, las gaseosas y los helados de la Panadería Roan o el estallido de la música africana en los picós del Club de Amigos.

No sé de dónde sacaron Cepeda Samudio y García Márquez que los domingos son fastidiosos. El primero lo sugiere soterradamente en su texto Barranquilla en domingo, mientras que el segundo narra, en la mitad de Cien años de soledad, que José Arcadio Buendía, cuando ya estaba loco y amarrado a un castaño en el patio de su casa, conversaba todos los días con el espíritu de Prudencio Aguilar, quien le proponía que lo ayudara a construir una gallera para que ambos tuvieron algo que hacer durante los tediosos domingos de la muerte.

Si alguien se acuerda del título de un minicuento de Franz Kafka que leí cuando estaba muy muchacho, ojalá me lo haga llegar, pues allí  igualmente se sugiere la presunta pesadez del domingo, sobre todo en el periodo vespertino, que acá en el Caribe goza de una pincelada de luces y siluetas adormecidas por la brisa de las vegetaciones o del mar en su aparente quietud.

Y si se nos antoja meterle música a la cosa, a ratos se me da por pensar que la salsa fue hecha para que se escuchara, única y exclusivamente, los domingos, sobre todo en las primeras horas. Algo tienen esas 9 o 10 de la mañana que ellas mismas parecen reclamar una banda sonora repleta de violines charangueros o de trompetas y soneros que saben a barrio, a esquina o a plaza de mercado.

Si los viernes y los sábados se hicieron para esperar la tarde, el domingo se hizo para disfrutarlo desde por la mañana hasta que cada cual decida cerrar las cortinas de sus preferencias.

Y no sería del todo justo que circunscriba al domingo solo a los contornos de la rumba, pues una mañana o tarde dominical también pueden ser el vasto escenario de un beso paternal o de una caricia sensual. El caso es que el domingo sabe embrujar con la sola pronunciación de su nombre.

Máximo Palacios Orellano, mpalacios@vamosaandar.com

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