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Claudia Jaramillo | Viaje a pie.

Claudia Jaramillo, colaboradora.
Claudia Jaramillo, colaboradora.

Si uno quiere ir a una parte tiene las piernas, los taxis, el metro o la increíble odisea de montar en bus, que como dice Kavafis, el viaje será largo, lleno de aventuras y de experiencias. Para empezar, el primer monstruo mítico que hay que superar es la máquina registradora que no siempre devuelve, un aparato del demonio que estruja cuando uno se sube y a veces hay que pasarlo con un pie todavía en la calle porque el conductor emprendió el viaje con uno medio dentro medio fuera, esa máquina contabiliza a su manera los pasajeros, se atranca, levanta faldas, aprieta braguetas, estruja y todos para adentro por el tubo de en medio «señores, colaboren».

La máquina registradora no devuelve los sueños incumplidos, aunque los cobra. Lo ideal es entrar por la puerta de atrás, la transacción es básica: señor, me deja por -doscientos, quinientos, mil- por la de atrás y listo, el precio depende de la devaluación de la moneda.

El viaje es amenizado por la cantaleta de la radio a todo volumen «así te quiero yo: con el más puro amor; con el más puro amor, así te quiero yo», y una serie de mercancías para llevarle a Penelope, hay desde poetas que venden sus propios versos, sin imposturas asonantes ni consonantes chapadas a la antigua; que rime o no es lo de menos, lo que cuenta es que es poesía inédita y uno puede hacerse con un ejemplar manosiado por lectores improvisados que le otorgan un valor ‘humano’ incalculable; también hay músicos que con guitarra, tiple y quena interpretan melodías andinas; también hay niños que no van al colegio porque hacen parte de la cadena alimenticia, venden caramelos o galletas o lo que se deje vender al menudeo, me gusta su forma de dirigirse al público, muy repetida, que se sucede cada vez que emprendes un viaje a la Ítaca local «buenas tardes señoras y señores, disculpen que les robe un minuto de su agradable tiempo, hoy vengo a ofrecerles este delicioso producto…»

Los buses de Medellín no están carcomidos por las leyes imperativas de los derechos de autor, no, acá no, y chillan los parlantes «Así te quiero yo: con el más puro amor; con el más puro amor, así te quiero yo». Antes. Yo aprendí a ir caminado a todas partes. No por falta de plata, si no por amor a ella.

En esa época atracaban en todos los buses de la ciudad; tres tipos se subían al bus, dos por la puerta de adelante y uno por la de atrás, a veces solo eran dos, si tenías suerte, el ladrón no tenía tiempo suficiente para arruinar a los últimos, por eso todos nos peleábamos la parte de atrás. Uno le ponía el fierro al chofer, otro tapaba la puerta para que nadie se bajara, y el otro, con un fierro en la mano, pasaba de pasajero en pasajero pidiendo la billetera.

En esa época no había teléfonos celulares, de lo contrario, todos tomarían fotos del atraco y las publicarían en su Facebook. El caso es que nos achilaban mientras la radio del bus decía «Así te quiero yo: con el más puro amor; con el más puro amor, así te quiero yo» y con el más puro amor nos dejaban sin documentos, sin cédula, sin nada, así nos querían. Aprendimos tácticas de supervivencia, mil pesos en este bolsillo, mil pesos en otro, mil pa’l ladrón del bus y otros mil pa’l ladrón del barrio, teníamos ladrones propios por puro amor, muy educados, saludaban antes de atracar.

Entonces me iba caminando a la universidad, al centro, al cine, tengo una pinta de chichipata y pobre con estilo. Me daba rabia que me quitaran todo lo que tenía, empecé a caminar, es un buen ejercicio dicen, yo ejercía de caminante, me gustaba el viento en la cara, mirar a las personas. Me intentaron atracar varias veces pero, no sé por qué, los ladrones de a pie no tenían fierro.

Claudia Jaramillo @LaMiope

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