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Claudia Jaramillo | EL parque de Bolívar

Claudia Jaramillo, colaboradora.
Claudia Jaramillo, colaboradora.

La Catedral Metropolitana de Medellín le da un cierto aire de monumentalidad al parque, un edificio hecho de ladrillos cocidos único en Colombia, sus torres se alzan a espaldas de Bolívar. En los bajos, las historias de hambre son el pan de cada día. Unas monedas señor que tengo hambre, mis 7 hermanitos y yo estamos en la calle, denos de comer por amor a Dios. Y Simón sólo escucha.

Un grupo de fotógrafos se reúne cada tarde a la espera de un movimiento para captarlo a la posteridad, Bolívar en cambio siempre atento a lo que pasa, no hace ademanes que lo delaten. Estos señores pasan primero de la mirada acusadora de sus familias, hartos de verlos como decorado, y se arrastran a un oficio que disimule la jubilación forzosa. Pero Simón Bolívar, sólo piensa en Palomo y no quiere que le cuenten esas historias, ya bastante tiene con la suya, su sueño imperialista en manos de los gringos.

Por las tardes llegan los metales uniformados, y entonan melodías en clave de desafine, 7 ancianos que al compás del himno nacional, piden monedas para los artistas. Los guayacanes del parque parecen alegrarse, pero Simón aprovecha las ventiscas para mirar al horizonte. Su rigidez e indiferencia no parece molestar a lo que se cuece abajo, a sus pies, entre árboles y bancas, entre poetas de lo espontáneo, y maricones buscando intercambios de copas por sexo.

Silencio que llega Roxy. Los días pares hace de Cristina Aguilera y cuenta cuentos, los impares, hace de Paulina Rubio, la Rubia de oro, y hace monólogos, pero cuando hace de Rocío Jurado, no hay chistes ni cuentos, porque en el parque todos saben que acaba de pasar por una decepción amorosa, y Simón ante este gesto tampoco suelta lágrima. Ni siquiera los sábados que se monta el rastrillo de San Alejo, y vienen cientos de artesanos con sus tenderetes, las fritangas y los olores a aceite quemado de hace 3 días, el olor a mariguana, el calorcito de los que mean en las insignias del general.

Simón está ahí, dueño y señor del parque, pero nunca se queja de los abusos, ni de las osadas palomas que lo cagan cada día. Por las noches, las prostitutas se toman 15 minutos de descanso en su regazo, se fuman sus petas, cuentas sus penas, se rinden a la vida y las durezas que trae nacer, de los hijos sin padre que han parido, y de lo duro que es don Simón y la libertad.

La fauna del parque hace a Bolívar, la figura magnánima de este landscape deteriorado, y esto a este hombre de piedra y granito parece gustarle, pues no se queja.

Simón Bolívar nació en Caracas en un potrero repleto de vacas, cantan unos niños mientras los adultos forman corrillos de discusión. Filosofía, medio ambiente, la liberación de Cuba, cualquier tema como pretexto al que hacer, al oficio de discutir, su fuente de empleo su alimento de vida. Pero nunca discuten de Manuelita Saenz, la historia la olvida más aprisa de lo que a Don Simón le gustaría, bueno eso se cree.

La noche es de los borrachos, y los mendigos de la ciudad, ellos usan la fuente de luces de colores para bañarse, el parque de Bolívar es la cama de muchos. Allí se libran muchas batallas de la mano de Don Simón, ese vino barato en tetrapak que alcanza para embriagar derrotas.

Claudia Jaramillo @LaMiope

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