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Volver acariciar la esperanza…

Mientras participaba en la Marcha del Silencio de los estudiantes universitarios capitalinos por la avenida 26 de Bogotá, aquel 25 de agosto de 1989, en una mano cargabamos la flor marchita del cambio, y en la otra, la bandera de la esperanza con tinta de muerte; llegó a mi mente una profunda meditación: Cuál sería la suerte de Colombia si en 1948 la expresión del pueblo se hubiera cumplido, y Gaitán hubiese sido el primer presidente nacido de esas entrañas populares con justicia social…

Y pensé: seríamos una nación justa, con una riqueza compartida y equitativa, con mucha justicia social, sin odios, sin rencores, y mucho menos, sin esos deseos de venganza que solo recrudecen la violencia y nos pone a años luz de vivir en paz. Esos personajes nefastos, portagonistas del juego sucio en política colombiana jamás hubieran existido. Pero era solo un deseo mío, y quizás, el de algunos soñadores que marchábamos por la calle 26.

Fue el nacimiento de aquello que en la historia de Colombia se conoce como el movimiento de la Séptima Papeleta. Mientras el silencio simbolizaba la arenga del profundo duelo porque acaban de matarnos una nueva esperanza; esa muchachada universitaria recargaba el optimismo, a pesar de que siete días antes, la anarquía se imponía con la etiqueta de esa época: la mano criminal y terrorista del narcotráfico asesinó a Galán; 41 años antes nos habían segado toda posibilidad de ser una sociedad justa con la muerte selectiva a Gaitán.

También talaron otros árboles que comenzaban a echar sus ramas de justicia social, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, entre muchos otros que fueron la cuota de sangre que sembró terror a toda amenaza contra el régimen dominante de los delincuentes que nos gobiernan.

En ese momento, 28 años atrás, los jóvenes de entonces buscábamos salidas, muy a pesar que inventariamos dos grandes razones de duelo por la muerte de la esperanza que encabezaron esos auténticos líderes, Gaitán y Galán, quienes con su postura política lograron recoger el sentir de la gente. Estábamos huérfanos, sin embargo en nuestra manifestación le apostábamos quitarle el Estado colombiano a la clase política delincuente que nos gobernaba, y que lamentablemente todavía nos gobierna.

Nuestro sueño de cambio llegó a sentar unos de los precedente históricos de los últimos tiempos, la nueva Constitución de 1991, la carta magna con más de 300 artículos basada en el Estado Social de Derechos, pero tiene más de naturaleza muerta (puro papel poca acción efectiva), porque los derechos humanos son los que más se violan en Colombia, siendo los delincuentes que gobiernan los primeros en vulnerarlos.

Nuestra juventud con su voluntad de transformación se quedó corta ante la astucia de las élites de poder que siempre nos han gobernado, pues se cambió la constitución pero no se cambiaron a los delincuentes que gobiernan, ahí están sentados en sus curules del descaro como mayorías en el Congreso clientelista; mientras que en los otros dos poderes públicos, son las cuotas de los mismos círculos politiqueros y delincuencia organizada que colocan presidentes, ministros, jueces, magistrados, fiscales, procuradores, personeros y contralores. Sencillo, el delincuente se cambió de vestido con la Constitución del 91.

A tal punto fue la habilidad del gobernante delincuente que basados en la nueva carta magna facultaron los “negociados fundamentales” en la salud, la educación, las pensiones,  los programas de alimentación y demás asistencialistas, donde hay suficientes evidencia de mafias que son las únicas que se lucran; así mismo, sus resultados son altamente proporsional en miseria, corrupción y vergüenza por la nula o deficiente protección de esos derechos humanos. Sin embargo, para nada nos indigna ocupar los primeros lugares a nivel mundial en desigualdad, y en vez de castigarles democráticamente los premiamos al continuar elegiendo a esos delincuentes en las élites del poder público.

Han pasado 29 años del magnicidio de Galán y 70 más por el de Gaitán, nada ha cambiado, por el contrario, ahora es peor, nos ha pasado de todo y seguimos sin tocar fondo. En este momento nos fascina estar polarizados, ofendiéndonos para defender por un lado al bando timador, hábil en confundir que representa ese Estado legitimado en manos de delincuentes que nos tienen en la pura mierda.

Y por el otro lado estamos una gran mayoría de esos colombianos indignados -no sé cuántos de aquellos estudiantes de la Marcha del Silencio en la calle 26- que representamos el sentir popular de barriada, de los olvidados, de los universitarios, de los diferentes, de los excluidos, de los indios, de los negros, de los campesinos, de los pobres, de las barras bravas (esas mismas que consideramos parias). En fin, millones de colombianos que no tienen etiquetas pero les volvió a nacer la esperanza en estos días de campaña presidencial.

Hay una ceguera situacional que construye una gran muralla para que ignoremos el descaro sistemático de la corrupción que ya es estilo de vida, como lo es la delincuencia en todas sus formas de expresión comenzando desde la politiquería. Nada está suelto, todo tiene un hilo conductor. Los dueños el poder anárquico son especialistas en manipular marionetas, saben cómo activar sus muñecos coyunturalmente  para rentabilizar sus intereses.

Ellos, aparentemente enemigos (guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, delincuencia organizada y común) se ponen de acuerdo para activar su plan de miedo, porque así traman un Estado guerrerista,  donde están las esencias de sus negocios ilegales. Todo con el propósito de alimentar el disfraz político del fallido argumento que la mano dura es la opción para recomponer la nación que han fracturado; sofismas, mentiras y más mentiras. Nuestro Estado se recompone con inclusión social. Sigámonos haciéndonos los “maricas”, esa es la etiqueta en que nos quieren mantener esos delincuentes.

En ocho años de la delincuencial consigna de gobierno “seguridad democrática” se conoció las otras caras de la criminalidad, creo que no es necesario citarlas, pero el Estado perdió toda posibilidad de respeto a la institucionalidad. Nos vendieron una mentira, que ahora reencauchan porque creen que ese viejo cuento para ignorantes todavía nos lo seguimos creyendo… Ya despertamos, esta vez marcamos por todas las calles de Colombia y no solo somos el hecho histórico de los 25 mil estudiantes universitarios capitalinos por la 26 de Bogotá de aquel 25 de agosto de 1989, cuando fui un iluso joven convencido que era suficiente legislar el Estado Social de Derechos…

En esta nueva esperanza, las cartas sobre la mesa están bien claras: cambiar los delincuentes que gobiernan en todos los escenarios de poder y social por gente decente con dignidad, sin miedo y los argumentos que le motiven sea sustentados en verdades. La mentira es el patrimonio de la delincuencia, mentir es su gran estrategia para mantener fiel a sus camadas de ignorantes y cobardes.

Rodrigo Ramírez Pérez, director@vamosaandar.com 

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