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Semilla de maldad | Efraín Peñate

Recuerdo que ese fue el título de una película que aún en blanco y negro en las pantallas de cine,  dio comienzo en efecto, a la generación alocada de los años 50. El título de esa producción en ingles era  BLACKBOARD  JUNGLE. Fue estrenada el 25 de marzo de 1955.

La película es histórica por el efecto desencadenante que tuvo sobre la juventud la aparición en la primera escena, del guitarrista Bill Haley y sus Cometas interpretando el escandaloso tema “Rock Around  the clock”, llevando por primera vez una canción de rock and roll a ser la Nº 1 del país. La fecha de estreno se considera uno de los días que marcaron el nacimiento del Rock and  Roll.

Protagonizada   por  Glenn Ford, Annie Francis, Vick Morrow y Sidney Poiitier, el filme  dramatiza a un profesor de un colegio público (Glen Ford), complicado en medio de jóvenes indisciplinados, inmorales y dominados  por un compañero, potencial delincuente juvenil.  El profesor busca el modo de comprender y acercarse a los jóvenes para reinsertarlos en el sistema educativo. Cuando comienza a recibir amenazas telefónicas, sospecha de Gregory W. Miller,  (Sidney Poitier)   un estudiante  Afroamericano. Luego descubre que sus sospechas eran infundadas.

El filme le abrió las puertas del éxito dentro  el cine norteamericano,  a  Sidney Poitier, un negro Sud-Africano, inmigrante en tierras Americanas por el lado de Las Bahamas, que pasó a ser figura estelarísima en el cine de USA. La Industria del Cine en USA era reacia a la participación de negros y por una orden del gobierno, se abrió la aceptación y Poitier fue el primer negro exitoso en la fílmica de USA.

La “Semilla de maldad” alrededor del fútbol profesional en Colombia, apareció (a mi juicio) en 1966 en nuestra plaza del Junior, (re-admitido en la Dimayor ese año)  desde  la vez en que un arbitro (era el “Chato” Velásquez) tuvo que ser protegido por todo un contingente de efectivos de la  Base Naval, camuflado dentro de un disfraz de  grumete, transportado dentro de un Camión de la  Institución  militar.

Yo vivía en Bogotá donde ejercía mis funciones como director nacional de Deportes en RCN ese año y allá en  mi oficina el propio “Chato” Velásquez me relató pormenores de semejante asonada que puso a trepidar las masas salidas  del estadio “Municipal” de la calle 72, en medio del desenfreno generado en las arengas salidas al aire en la voz del Negro Perea, que dominaba la sintonía radial

Poitier fue estampa visible en la generación de esa “semilla de maldad” engendrada en la rebelión juvenil de la película revoltosa del año 53. El rock “agarró cuerpo” y se difundió agreste  y provocador en el continente,  Perea fue la voz que destronó la tranquilidad y espíritu de disfrute con ocasión de los espectáculos del fútbol profesional en Colombia. De esa asonada del año 66 en la que trepidaba la masa desbocada generando daños a lo largo de la zona alta de Barranquilla, principalmente la naciente Calle 72, comenzaron a replicarse  en el resto del país, los escándalos, las amenazas, las pedreas.

Yo recuerdo que el fervor juniorista que encontré cuando regresé en 1967 a incorporarme a la radio de mi tierra natal Barranquilla, era expresado con  ritmo de cumbia, que sonaba en la tribuna de sombra encabezado por la “Barra Sabrosa” y en la   tribuna popular de sol, era el “Secre” González  quien comandaba con su familia  (esposa e hijos), los cálidos domingos de fútbol desde las 10 de la mañana. Todos dentro del estadio, con ánimo alegre… espíritu divertido.

Pero se impuso la chabacanería. Fueron estimuladas otras barras para apoderarse del fervor de la tribuna y explotó la ordinariez, la vulgaridad… “el corito Celestial” y así se amplió el asomo de brutalidad, creándose barras  “bravas”… “mientamadres”… Etc. Hoy son todos los estadios del país los que están contagiados de esa criminalidad, de la que se habitúa la masa a contar muertos y heridos, en refriegas de seguidores del visitante  vs. seguidores del local.

Hoy por hoy, un estadio de fútbol en cualquier parte de nuestra Colombia, es un átomo de explosión violenta. Quedó sembrada esa  “Semilla de Maldad”  aquí en el estadio Municipal en 1966.

Y desde el ejercicio de nuestros Gobiernos no hemos podido ser capaces de imitar a la primera Ministra de Inglaterra, Margaret Tratcher, que orientó un plan drástico encaminado a eliminar totalmente, incluso en toda Europa,  la   “semilla de maldad” engendrada a lo mejor por aquel Negro “Bomba”  (German Cuenca)  que en 1964 en el estadio de Lima ingresó a la cancha a “masacrar” al arbitro Ángel Pazos, por haber invalidado “gol” de Perú, que perdía en ese juego frente a Argentina 1-0, en el torneo clasificatorio para el fútbol olímpico de Tokio. Se recuerda que en ese trágico juego, con saldo de  318  muertos, hizo línea el barranquillero Saúl De la Rosa.

La violencia en los estadios no es un fenómeno local, sino nacional. Se reconoce que  hay dirigentes,  que incitan a las “barras bravas”  para hacer más “atractivo” el espectáculo. La desgracia de hoy es que lo paradójico resulta en más pobreza de la calidad  del fútbol

Efrain Humberto Peñate Rodríguez, eprrodr@hotmail.com

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