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Qué bueno era | Máximo Palacios

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

Fue en 1995 cuando leí una columna del periodista Antonio Caballero, refiriéndose a la muerte del político conservador Álvaro Gómez Hurtado.

En ese escrito, Caballero esbozó una sentencia que se quedó grabada en mi memoria y cuyo significado confirmo cada vez con más intensidad: “En gran parte, la historia de Colombia está llena de necrologías corteses, lo que finalmente nos impide comprenderla”.

La frase vino a colación debido a que en cuanto se produjo la muerte del político, desde todos los sectores de Colombia llovieron flores, elogios y más elogios que lo destacaban como el gran estadista, el ideólogo, el humanista… y un torrente de adjetivos unas veces fundamentados y otras veces exagerados.

Pero, lejos de la indignación o aprobaciones que recibió la columna, vale la pena destacar que el periodista tuvo razón, por lo menos, en derribar la inveterada costumbre colombiana de convertir en bueno a todo el que se muere. Y no solo eso, pues también suelen atribuírsele virtudes que nunca tuvo.

Toda esta introducción para decirles que, por estos días, me acordé de la columna de Caballero a propósito de la muerte del cuentachistes Francisco Fuentes, más conocido como “Pacho Sin Fortuna”, quien no tenía muchas horas de haber fallecido cuando ya una periodista del telenoticiero del canal Caracol se refirió a él como uno de los “humoristas más importantes del país”, lo que no deja de ser una mentira doble, puesto que el ahora difunto ni era humorista ni tenía la calidad artística que lo pudiera encumbrar como uno de los más trascendentales de la Nación.

Por lo menos, en lo que a mí concierne, nunca me produjeron ni una sonrisa las aburridas anécdotas que contaba sobre su mala suerte. Y, si nos apegamos al significado de la palabra “humorista”, encontraremos que define a aquel artista que, a través de personajes y situaciones cómicas, trata los temas  más controvertidos de una sociedad. Ejemplo de ello son Jaime Garzón, Tola y Maruja, Heriberto Sandoval o Humberto Martínez Salcedo, entre otros que se me escapan, quienes hacían pensar mediante la risa.

Lamentable la muerte tan temprana de Pacho, pero una cosa es la consternación por su deceso y otra muy distinta es querer colgarle características y charreteras que siempre estuvo lejos de poseer. Por eso se nos hace difícil entender nuestra historia, porque muchos de nuestros personajes fueron falseados mediante los obituarios apasionados que dieron a conocer sus deudos y sobrevivientes.

Por eso, a un genocida y ladrón como Pedro de Heredia le otorgaron el título de Don, y con su nombre se bautizaron un estadio, una avenida y un teatro en Cartagena de Indias. Por eso, una traidora de su propia raza como la India Catalina se convirtió en monumento de la ciudad y en símbolo del festival más antiguo de América Latina.

Algo parecido sucedió con la muerte del compositor Rafael Escalona: todavía su cuerpo no se había enfriado del todo cuando algún admirador despistado dijo al aire, en una cadena radial, que “se había ido el compositor más grande que había dado la música vallenata”. Es decir, en pocos segundos ese desbocado pisoteó la obra de otros compositores de la época de Escalona que no solo lo igualaron sino que hasta lo superaron.

Afortunadamente, al lado de esos creadores de necrologías corteses, como las llama Caballero, también está alerta un grupo de periodistas e investigadores de la Historia, quienes saben quién es quién y qué deberían contener los obituarios de cada muerto grande.

Máximo Palacios Orellano, mpalacios@vamosaandar.com

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