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Perdió el honor | Juan V. Gutiérrez

El día que Pedro Saulino, perdió el honor

“La palabra “honor” (en latín: honos) designaba una divinidad que representaba el coraje en la guerra” (Julián Pitt-Rivers: “La enfermedad del honor)

Juan Vicente Guitérrez Magallanes, colaborador

¿Qué sucede en el interior de un hombre cuando pierde el Honor? Esta respuesta se puede encontrar en la actitud que tomó Pedro Saulino en la calle de la Esperanza del barrio de Chambacú. Eran los años comprendidos entre los sesenta y los setentas del siglo pasado. Todavía en los planteles de secundaria se enseñaba la Urbanidad de Carreño y la Instrucción Cívica, casi con un énfasis semejante a la Apologética.

Pedro, era un hombre de una estatura de un metro con ochenta, un mulato, hijo del italiano Saulino y la negra Carlota, poseía  dotes naturales de especial  conformación atlética, en sus tiempos de adolescente, había practicado boxeo, bajo la cuerda de Kid Hielo, éste, su entrenador, tenía fincadas sus esperanzas en hacer el primer campeón del barrio, ya que cuando practicaba con Fortunato Grey (La Pantera Negra), daba muestra de buena pegada, acompañada del manejo de la contundencia de su izquierda.

Pero todo fue flor de un día, cuando en una de esas trifulcas que se daban el barrio, especialmente cuando llegaba la policía correteando al loco Pachito. Uno de esos policías, aficionado a las películas de Vaquero del Oeste, sacó su arma y disparó de manera irresponsable, logrando herir en el fémur derecho a Pedro Saulino. De aquella herida, por mala atención, no logró recuperarse del todo, a pesar de caminar bien, sentía dolores cuando brincaba el velillo o hacía guante en el ring de Kid Hielo.

Después de su recuperación, entró a trabajar en la tienda más grande que había en el barrio. Él era la persona de mayor confianza de la dueña de la tienda “Con Dios Vivo”, era una señora de carácter afable y un corazón de mucha ternura que las “ñapas las daba en dinero” y regalaba consejos para alcanzar el bienestar. Todo el barrio miraba a aquella señora con mucho respeto, hasta los ladronzuelos le cuidaban sus haberes. Nadie osaba hacerle un mal a doña Solita.

La dueña de la tienda “Con Dios Vivo”, era oriunda de San Antero, había llegado, sola, recomendada al capitán de la Goleta, para que la pusiera a las órdenes de unas de las familias ricas de Cartagena de Indias. Ella tenía veinte años, soltera, había estudiado hasta el tercer año elemental, así que conocía bien las operaciones elementales de la aritmética y manejar un pequeño diccionario que le había otorgado la maestra del pueblo, era su libro de cabecera.

Solita, trabajó en aquella casa, como ama de llave, por espacio de quince años. Cuando cumplió treinta y cinco años, el señor de la casa, le dio una buena cantidad de dinero y la ayudó a construir una casa en una de las principales calles de Chambacú, y la relacionó con distribuidores del mercado del barrio de Getsemaní, con la intención, para que Solita, montara la tienda más grande del barrio, con un sabio lema: “Todas las personas merecen respeto”.

En aquella tienda, se le vendía a todo el mundo en la forma que le permitiesen sus haberes, desde Medio cigarrillo, hasta un “puñado” de arroz.

Pedro, era el hombre de toda la confianza de Solita, había entrado a trabajar en la tienda, después de su accidente con una bala mal dirigida. Era un hombre de una moral acrisolada y de fama inmarcesible, jugaba con los rayos del sol, contraponiendo los brillantes de su honor a la luminosidad del astro.

Pedro Saulino, se había casado con una joven venida de San Jacinto, era una mestiza de figura bien contorneada y belleza alumbrada con el respeto de las flores que se daban el patio de los hindúes de Calcuta. Nadie osaba nublarle el día con un piropo fuera de los límites que brindaba su marido. No tuvieron hijos, nunca se supo a quien se debía la ausencia. Se querían y eso bastaba.

Un día, de esos que se labran en el tiempo y se vuelven imborrables se descubrió una falta de dinero en la caja que Solita guardaba en su alcoba, donde Pedro, tenía acceso. Él era el único culpable. Solita, era muy amiga del Sargento Aguirre, comandante de la Cárcel de San Diego (en ese tiempo era de varones), quien vivía en Chambacú, y conocía la clase de hombre que había sido Pedro.

Solita le solicitó al Sargento, no detenerlo, no hizo declaración oficial del robo, sólo lo despidió de la tienda y dejó de trabajar, donde había labrado su honor con las acciones más honesta. Pedro cargó con el peso de su conciencia, ya que él mismo se culpaba, porque todo lo había perdido, y así lo sentía en su interior. Desde esa vez, nunca más levantó la cara caminaba mirando la tierra, apartando las piedras, emitiendo frases repetitivas de lamentos por haber perdido el honor. Pedro, sólo miraba hacia arriba o al frente, cuando se acostaba boca arriba, se levantaba mirando el suelo y en una especie de oración clamaba por el honor perdido. Pedro murió con los gritos más espantosos que se pudieron escuchar en el barrio de Chambacú. En sus carteles, aparecía una frase célebre: “Murió por el honor perdido”.

Entonces ¿Cómo harán los “Togados” y Congresistas que han perdido el honor?

Me cuentan que lloran todas las noches con quejidos que no dejan dormir a sus vecinos de celdas.

Recordando a Pedro Saulino, con los antiguos vecinos de Chambacú, concluyo que:

El hombre, es un ser dotado de una inteligencia que le permite conocer lo noble que existe en su yo y en los demás seres que lo rodean, está preparado para lo sublime, para las acciones de nobleza, para encontrar y trazar caminos de fraternidad, de solidaridad, de justicia, de orden, de equilibrio, de libertad, de progreso. Y todas estas acciones, las cuales implican un alto valor humano; tenidas como parámetros en la escala axiológica del Homo sapiens. Son propias del hombre con honor, cualidad polisémica de múltiples sinónimos: Fama, renombre, prez buena reputación, gloria, pundonor, generosidad, altruismo, punto de honor, punto de honra, honra, honrilla, amor propio, honestidad, vergüenza, recato, dignidad, orgullo, entereza, distinción, estimación, decencia, lealtad, nobleza (“Ciencia del Lenguaje- Arte del Estilo”. Martín Alonso).

Juan V Gutiérrez Magallanes, juanvgutierrezm@yahoo.es

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