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Máximo Palacios Orellano | Nos falta la otra risa

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

Nos falta la otra risa (05 de agosto de 2014)

Por estos días, cuando se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Jaime Garzón, se me dio por pensar que, en materia de arte, el Caribe colombiano ha producido casi de todo, menos humoristas, verdaderos humoristas.

O si los ha producido, a lo mejor no han tenido el suficiente apoyo de los medios de masivos de comunicación como para que alcancen la visibilidad de los humoristas del interior del país, más específicamente de los  asentados en Bogotá, indiscutiblemente la vitrina cultural más importante de Colombia.

Ya sé que algunos desprevenidos, cuando lean las primeras lineas de esta columna, se apresurarán a refutarme diciendo que en materia de humoristas los caribeños también hemos sido prolíficos, dada nuestra inveterada capacidad de reírnos de todo y de todos.

Incluso, ya sé que estarán  pensando en los cuentachistes que pueblan ciertos de nuestros espacios radiales y televisivos, además de parques, plazas y andenes, pero debo responderles que no me refiero a ese tipo de humor.

De ninguna manera estoy hablando del simple chiste destinado únicamente a provocar la carcajada; mucho menos se me ha pasado por la mente el chascarrillo pornográfico que amontona fáciles multitudes y cosecha la vacua risotada del que poco cavila. No.

Me refiero al humor que hace pensar. A ese humor que, de vez en cuando, provoca la carcajada, pero que la mayoría de las veces hace surgir en el rostro del espectador aquella sonrisa del que acaba de descubrir algo inteligente en la situación que está viendo, leyendo o escuchando.

Tal vez algunos de nuestros más insignes escritores hayan echado mano del humor para matizar sus novelas, ensayos, cuentos o textos periodísticos, pero son escasos (por no decir nulos) los artistas que se hayan dedicado enteramente al humor que hace reflexionar. A esa parte del arte que incita a cuestionarlo a todo, a ver la vida con otros lentes, a contemplar lo absurdo de aquellas circunstancias en apariencia trascendentales y a desnudar la miseria que se esconde detrás de ciertos personajes que se auto encumbran o que la lambonería oficial se empeña en imponer  como modelos de la solemnidad a ultranza.

Si hablamos de escritores, el primer lugar podría ocuparlo el cartagenero Luis Carlos López, con sus poemas coloreados de humor, pero equipados al mismo tiempo de una honda angustia por la existencia y el devenir de las cosas que lo rodeaban en los entornos de la Cartagena de su tiempo.

En segundo lugar podría estar Álvaro Cepeda Samudio, pero más con sus columnas de comentarios que con sus cuentos y novelas. Y David Sánchez Juliao con sus relatos sonoros, que no siempre lograron inyectar el verdadero mensaje en las masas populares, pues al célebre loriquero se le percibía más como un ingenioso contador de anécdotas  que como un relator de la pesadumbre caribeña entintada con apuntes de humor procaz.

Sin embargo, insisto en que se hace necesaria la aparición de un humorista a carta cabal, un ingenioso del humor político, de la burla social; un crítico mordaz al estilo de Garzón, de Heriberto Sandoval o de los creadores de La Luciérnaga o Los marinillos; un Woody Allen o un Charles Chaplin que también se pare en las esquinas, pero a desnudar nuestras realidades y a limpiar nuestras  miradas, como si la risa fuera también un ramalazo de la poesía.

Máximo Palacios Orellano, maximopalaciosorellano@vamosaandar.com

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