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Máximo Palacios Orellano | No seamos ilusos

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

No seamos ilusos (22 de julio de 2014)

Para cuando se publique esta columna, no sé que alcance habrá tomado la propuesta del concejal Rafael Meza de no bautizar como “Campo Elías Terán” al recién construido puente de Barú.

Hasta donde pude enterarme, el edil expresó (palabras más, palabras menos) en una de las últimas sesiones del Concejo Distrital, que no había por qué ponerle ese nombre a la estructura fluvial, dado que su construcción no fue producto de alguna gestión que haya adelantado Campo Elías.

Reconozco que carezco de pruebas para apoyar o refutar esa propuesta, lo cual no me impide expresar que el puente se hubiera construido sin necesidad de que Campo Elías fuera el alcalde de Cartagena.

Con cualquier otro que estuviera ocupando ese puesto, el puente hubiera tomado vida necesariamente, puesto que se trata de uno de los puntos importantes de las grandes inversiones turísticas, residenciales e industriales que están previstas para la isla de Barú, sin que eso incluya necesariamente a los nativos.

Para hablar más claro: el puente no fue hecho con el ánimo de llenar las necesidades de movilidad de los baruleros, sino para facilitar el crecimiento urbanístico de la isla con la presencia de grandes inversionistas nacionales y extranjeros por el medio. Y lo que menos importa en este movimiento de fichas son los nativos.

Si alguien cree lo contrario, me gustaría que se preguntara ¿por qué ese puente no fue construido hace más de cuarenta años, cuando no había ferrys y los nativos tenían que cruzar en canoa hacia tierra firme? ¿Por qué se permitió que durara tantos años el servicio de ferrys y cruzadores en lanchas (con todo lo peligroso que era), si el Gobierno Distrital podía apersonarse de un proyecto parecido desde mucho antes de que Barú fuera visualizada como zona de expansión turística e industrial?

A riesgo de que me tilden de quejoso y de no encontrarle lo positivo a las campanas del adelanto, me atrevo a sugerir que el puente Pasacaballos-Barú es una nueva muestra del concepto mezquino del desarrollo que manejamos en Cartagena: las cosas adquieren valor cuando de repente se descubre que podrían favorecer a un pequeño grupo de interesados.

Si no es de esa forma, las comunidades de menos recursos podrían vivir muchos años bajo pésimas condiciones estructurales y mendigando siempre las migajas que puedan caerse de la mesa de los más favorecidos, antes de que éstos últimos se interesen en llevarles un proyecto de inversión que los favorezca en totalidad.

Tal como el puente de Barú, el proyecto de expansión de la firma ISA se presentó como la mejor inversión para optimizar los problemas de energía eléctrica que padece la ciudad, pero lo que en realidad se está jugando es la vida  de la zona norte, en donde los grandes capitales están invirtiendo  tanto en lo residencial como en lo turístico.

Las grandes torres que se alzaron sobre la Vía Perimetral y en las narices de cientos de desposeídos no fueron pensadas para favorecerlos, pues de haber existido esa intención el tan cacareado mejoramiento eléctrico se hubiese ejecutado desde hace 30 años, en vez de cambiar a la Electrificadora de Bolívar por la empresa Electricaribe y por la firma Energía Social.

Los cartageneros pobres no estamos en la mira de los proyectos de desarrollo que se contemplan para la ciudad. La Vía Perimetral no fue construida para nosotros, ni para facilitar la movilidad hacia la Unidad Deportiva. Ella también hace parte del desarrollo de la zona norte, lo mismo que la futura desaparición de la Ciénaga de la Virgen, los puentes que la cruzarán y la Transversal de Barú.

Cada cierto tiempo se enciende y se apaga la intención de “urbanizar” el Cerro de La Popa, pero no para que sigan viviendo los pobres que la poblaron desde hace siglos, sino para que se convierta en un megaparque ecoturístico, en el que sólo cabrán los mismos que tienen el ojo puesto sobre las tierras de Barú y la zona norte.

Esos mismos depredadores hasta ahora se percataron de que las inhóspitas tierras de las veredas Púa I y Púa II pertenecen a terratenientes que nunca aparecieron hace más de 40 años, cuando los primeros pobladores se rompían el lomo desmontando y aprendiendo a dominar el terreno quebrado y áspero para construir su modesto vividero.

Ahora, alguien resolvió que deben irse, puesto que la cercana presencia del mar sugiere que ese podría ser otro balneario para que los millonarios de continentes remotos sigan escogiendo a Cartagena como destino turístico, aunque ese no sea el destino de los que nada tienen.

Máximo Palacios Orellano, maximopalaciosorellano@vamosaandar.com

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