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Máximo Palacios Orellano | El signo de un patiero

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

El signo de un patiero (28 de julio)

Hubo un tiempo en el que pensaba que ser exitoso en cualquier actividad de la vida significaba obligatoriamente el reconocimiento público, la fama y la captación de dinero a montones,  sobre todo en lo que concierne al quehacer artístico, llámese literatura, cine, fotografía,  pintura o música.

Y es muy probable que gran parte de esa manera de pensar me la haya inoculado el crecimiento de los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión, que terminó convertida en la vitrina por excelencia y en el indicador indiscutible de la aceptación que tuviera algún personaje de perfiles nacionales o internacionales.

Pero, de unos años para acá, comencé a cambiar esa percepción, después de haber leído la obra e investigado la vida del escritor sucreño Héctor Rojas Herazo, el autor de Celia se pudre y Respirando el verano, entre otras piezas de no menos valía, al igual que sus pinturas y artículos periodísticos.

Precisamente, durante mis pasadas vacaciones aproveché para regalarme los dos tomos de la obra periodística de Rojas Herazo, que editara la Universidad Eafit, de Medellín, gracias a la compilación que logró el finado escritor cordobés Jorge García Usta, tal vez  el mejor conocedor de la vida y letras del autor que ahora me ocupa.

Decía que cambié la concepción que tenía del éxito, puesto que Rojas Herazo no ocupaba las primeras planas de los periódicos, ni las portadas de las revistas. No salía en programas de televisión, ni las ventas de sus libros competían en ningún ranking bibliográfico nacional o internacional, pero fue un escritor exitoso, aunque siempre le faltó el dinero y saludaba por la calle como cualquier hijo de vecino.

Pero siempre fue exitoso. Lo fue en la medida en que logró pulir una palabra, una frase, un párrafo y todo un texto para que dijeran exactamente lo que tenían que decir. Lo fue, porque consiguió materializar sus profundos pensamientos con el vocablo preciso y la creación de imágenes verbales que eran capaces de iluminar cualquier entendimiento por más primario que fuera. Lo fue, porque su conversación hipnotizadora le cambió la vida, de una u otra forma, a todo el que tuvo la fortuna de tratarlo.

No fue un escritor fácil de entender. Confieso que me ha costado muchísimo trabajo asimilar sus lecciones, pero, al parecer, su intención era esa: exigirle al lector que se preparara a medida que iba leyendo, que buscara diccionarios, enciclopedias, que conversara y se obsesionara con lo que tenía ante sus ojos hasta que al fin se adentrara en el alma de cada historia.

Ya los escritos de Rojas Herazo están cercanos al medio siglo (si es que no lo habrán sobrepasado) y todavía siguen siendo tan enigmáticos como el primer día. Pero lo que sí nadie podrá negar es que son fascinantes, exquisitos e impulsadores de nuevas lecturas y propiciatorios de hondas discusiones sobre la condición de los seres humanos, su aparición en el mundo y el arcano que significa su destino.

No se crea, sin embargo, que esas reflexiones (ya fueran expresadas en novelas, cuentos, poemas o comentarios politemáticos) están muy lejos del ser terrígeno que era Rojas Herazo. Él mismo siempre se calificó como “patiero”. Es decir, el hombre que construye un universo sin abandonar sus raíces, aunque viva en medio de la urbe más frenética y encementada de todas las que pueblan el planeta.

Rojas murió y vivió en Bogotá en un edificio llamado Sucre, el mismo nombre del departamento caribeño en donde nació. Las mismas cinco letras en donde se desarrollan los escenarios y personajes de sus narraciones, que no son más que fragmentos de los recuerdos que lo persiguieron desde siempre, pero que él supo dominar con su figura de luchador y la finura de su inteligencia.

Hasta el final de sus días siempre estuvo tratando de enseñar que más que competir con el prójimo, más que crear enemigos, más que ambicionar la fortuna monetaria, más que aparecer en las portadas de las revistas, más que buscar el aplauso de los grandes públicos y la aprobación de los pontífices del arte la vida consistía en invertirla tratando siempre de resolver las preguntas esenciales, aunque eso nunca fuera posible.

Máximo Palacios Orellano, maximopalaciosorellano@vamosaandar.com

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