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Máximo Palacios Orellano | A cambiar de historias

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

A cambiar de historias (12 de agosto de 2o14)

Otra de las gestiones que habrá que agradecerle siempre al finado escritor Gabriel García Márquez, fue el impulso que le dio a la crónica periodística, a través de su Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, indudablemente un fortín del periodismo con contenido en América Latina.

Gracias a ese nuevo impulso se ha despertado una especie de entusiasmo hacia los llamados formatos mayores del periodismo, pero especialmente hacia la crónica, que es —como ya sabemos— el espacio más libre e imaginativo que tiene la tarea de informar. De ahí que no es extraño que los grandes cronistas del mundo hayan sido, al mismo tiempo, grandes escritores de novelas, cuentos o excelsos poetas en toda la extensión de la palabra.

Ese nuevo despertar del periodismo narrativo o literatura de no ficción —como también suele llamarse— ha sido entendido, afortunadamente, por las empresas que organizan concursos de periodismo en el orbe suramericano, pero quisiera referirme sólo a los certámenes de ese tipo que anualmente salen al ruedo en Colombia.

Debo, entonces, empezar advirtiendo que no tengo algo en contra de los concursos de periodismo. Por lo contrario, me parecen un magnífico estímulo a la profesión, toda vez que nuestro país necesita de ese buen periodismo que reclama su compleja situación y sus ansias de que algún día nos convirtamos en algo más que en un territorio lleno de gente que respira y muere.

Lo que me llama poderosamente la atención es que  en el seno de esos concursos se ha despertado (no preciso desde cuándo) una tendencia a premiar todo lo que hable de orden público. Y no pretendo insinuar que ese tema no deba despertar el interés de los periodistas. Sería difícil, pues la violencia, el conflicto armado y la corrupción estatal ya se volvieron parte de nuestra vida y, por ende, siempre reclaman su renglón en la agenda del periodismo actual.

Pero lo cierto es que también he comprobado que hay periodistas dedicados a exaltar los buenos valores y las historias edificantes de nuestro país, a los cuales les cuesta mucho trabajo competir contra la avalancha de comunicadores que se la pasan todo el año rastreando las historias escabrosas de  paramilitares,  guerrilleros, desplazados y narcotraficantes, casi siempre con ese sentido del morbo que exigen las grandes casas periodísticas en aras de conseguir altos índices de audiencia o lectura.

De ahí que los buenos cronistas estén olvidando las aleccionantes historias de gente elemental, que nada tiene que ver con el conflicto armado, pero que igual podría aportar nuevas visiones de la vida y mostrar la otra cara de un país que está cansado de esas páginas que chorrean sangre y huelen a la pólvora con que los violentos han tratado de ponernos de rodillas.

Por ese camino, los buenos cronistas han perdido la humildad que les permitía redactar un hermoso texto con solo escuchar las palabras de cualquier hombre de la calle. A cambio de eso, el periodista pierde horas, días, semanas, meses y hasta años tratando de encontrar la gran historia o el gran personaje que le dé la oportunidad de estremecer el morbo de los lectores y del jurado del algún concurso que le dará prestigio y millones de pesos con que calmar la sed de su portentosa vanidad.

Creo que la mayoría de esos cronistas debería leer Una historia sencilla, de la periodista argentina Leila Guerriero, quien tomó como personaje de su libro a un hombre común y corriente, un bailador de malambo quien aspira a ser campeón de un festival en donde se compiten quienes se sienten los mejores exponentes de esa danza. Pero, lejos de lo que pueda imaginarse, la fortaleza de la historia no está en si el protagonista logra coronarse triunfador o si fracasa en el intento. La gracia del relato es precisamente lo que, en apariencia, no tiene importancia: las cosas, personas y lugares que rodean a ese provincianos corriente y la maestría con que la cronista es capaz de decirlo.

Es esto último lo que deberíamos aprender los periodistas colombianos, a abrir nuestro corazón y a pulir nuestros mejores vocablos en aras de volver impactantes esas historias de gente invisible que no sabe de guerras ni de discutibles tratados de paz.

Máximo Palacios Orellano, maximospalaciosorellano2@vamosaandar.com

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