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Lolita, la intrépida

“El periodismo ejercido con honestidad sigue siendo una carrera apasionante”

Lolita Acosta M

Siendo las 5 de la madrugada de este viernes 21 de noviembre su noble e impetuoso, pero estrujado y fatigado, corazón dejó de latir; ella, entonces, enmudeció y, en presencia de mi hermano el galeno José Manuel Acosta M, cerró para siempre sus párpados, ocultando de esta manera el brillo y la vivacidad característicos de su perspicaz mirada. Después, todo fue silencio, tristeza en su entorno y pesadumbre para todos y todas quienes la quisimos y admiramos en vida.

Dice Paulo Coelho que nuestra vida transcurre y discurre de ciclo en ciclo, de tal modo que cuando uno cierra un ciclo se abre otro. Pues bien, esta vez, muy a su pesar, nuestra hermana Lolita cerró su último y postrer ciclo vital, tras un largo trasegar y un duro trajinar, con todos sus altibajos, dejando a su fugaz paso una gran estela de obras y realizaciones que le han de trascender.

No le falta razón a Freddy Oñate, cuando al reseñar en El Pilón su meritorio periplo vital, durante el cual ella tomó la vida como misión y no como carrera, afirmó que “hablar de Lolita es hablar de periodismo” y cómo no, añado yo, de folklor, actividades estas, todas ellas, que ejerció con denuedo, consagración, profesionalismo y con un gran sentido de la responsabilidad y la ética, tan venida a menos en los tiempos que corren. Ella siempre predicó con el ejemplo!

Lolita fue una mujer aguerrida como la que más, sin medias tintas, luchadora, corajuda, tenaz, perseverante y, por sobre todas las cosas, comprometida en grado superlativo con las causas que abrazó, que no fueron pocas, de modo febril y frenético.

Su arrojo e intrepidez no conocieron límites, nada la arredró ni la amilanó, no se doblegó ni ante la amenaza ni ante el halago. Ni el aleve atentado criminal contra su integridad, que por poco le cuesta la vida, la acalló. Así era Loly, valiente hasta la temeridad!

El Diario vallenato, en el que tuvo como compañero de aventura al que fuera el padre de sus primero(a)s hijo(a)s (Elisa, Ananai y Andrés), Gilberto Villarroel, fue para ella algo así como la niña de sus ojos. Por espacio de más de 12 años, contra viento y marea, remando contra la corriente, trabajando con las uñas para sacarlo, circuló en toda la región Caribe, constituyéndose en un obligado referente del periodismo veraz e imparcial. Y prefirió parar su rotativa y cerrar las páginas del tabloide que editaba a diario, sin importar si llovía, tronaba o relampagueara, viéndose obligada por fuerza de las circunstancias a migrar al mundo digital como refugio, antes que dar su brazo a torcer.

Con el mismo empeño y consagración, con alma, vida y sombrero, le dedicó gran parte de su vida procelosa, volcánica, a la promoción del Festival de la Leyenda Vallenata, asida de las manos con sus dos grandes amigas, la Cacica Consuelo Araujo y la Polla Monsalvo. También a la promoción del vallenato vernáculo a través de su Fundación de Reyes y Juglares, así como el acompañamiento al Turco Gil y Los niños del Vallenato, convirtiéndose para ellos en su mentora, en su Ada madrina. Y fue más lejos, en su afán de difundir y visibilizar aún más la música del acordeón, acunó en Valledupar el Encuentro Mundial de la Música de Acordeón.

Así se Grande fue Lolita, a quien interpretó fielmente José Atuesta Mindiola en una de sus cadenciosas décimas que le inspiraron su partida leyendo lo que era su pensamiento y muy seguramente su paradigma, al exclamar que “la senda es angosta cuando el mar está a la vista”.

Lolita, la irreductible, libró su última gran batalla contra una penosa enfermedad que la agobiaba terriblemente, a la que se enfrentó y resistió con gran estoicismo, hasta que no pudo más y se rindió con gran resignación cristiana ante el designio de Dios. Fue esta la única y definitiva batalla que perdió y eso porque así lo dispuso el Todo poderoso, nuestro Dios Malei´wa.

Dice José Saramago que “siempre acabamos llegando a donde nos esperan” y a Lolita la esperaba ansioso, anhelante, su entrañable hijo Jaime Daniel, fruto de su amor con Gustavo Gutiérrez, el romancero del Vallenato, quien falleció tempranamente en extrañas circunstancias, aún no esclarecidas, adelantándosele a su madre para recibirla entre sus brazos allá en donde esta Dios.

Pero, bien ha dicho Isabel Allende que “la muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan, si puedes recordarme, siempre estaré contigo” y así será. En su mensaje de condolencia recibido de manos de la ex ministra de Salud y de Trabajo María Teresa Forero de Saade nos dice que “la recordaremos en los atardeceres de la ciudad que la vio partir, en la música que la amó, en el murmullo de los foros en los que participó y en todos los acontecimientos que ella divulgó”. Y, a decir verdad, cuando la nostalgia se asome inexorablemente podremos decirle a ella con el Poeta Eduardo Carranza: “te llamarás silencio en adelante y el sitio que ocuparas se llamará melancolía”.

Con el final de nuestra vida terrenal nos percatamos de una triste y a ratos cruel realidad: como dice el tango Volver, interpretado en la voz de Carlos Gardel, El Zorzal criollo, “es un soplo la vida”; al fin y al cabo no somos más que briznas en manos del Creador, sólo eso y nada más. Y la vida termina con la muerte, así como los ríos desembocan en el mar, son sus tributarios. De la muerte dice Antonio Machado que es algo que “no debemos temer, porque mientras somos la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros ya no somos”. Al decir de San Francisco de Asís, “terrible es la muerte, pero ¡cuán apetecida es también la vida del otro mundo a la que Dios nos llama!”.

Un reflexión final: cuando la persona fallece, en este caso Lolita, su cuerpo se torna en inútil morada del Alma que alberga, ahora liberada. Se sepulta el cuerpo, que es algo material, no el alma, que es espíritu puro y, como creyentes que somos, como lo fue también Loly, al igual que nuestro padre Evaristo, nos reconforta saber que quien cree en ti, Señor, no morirá para siempre. Amén!

Amylkar Acosta Medina, amylkaracostamedina@gmail.com

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