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Máximo Palacios Orellano | Lo que es del alma

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

Lo que es del alma

Hace unos días me acordé del pintor Alejandro Obregón cuando me tocó presenciar la disertación de un afamado redactor de crónicas periodísticas, ante un grueso número de estudiantes de periodismo.

El cronista ponía todo su empeño por satisfacer las inquietudes de los muchachos, a quienes, por su evidente afán y manera de preguntar, se les notaban las ganas de que el invitado les explicara milimétricamente cómo debe hacerse una buena crónica, qué palabras usar, cómo crear imágenes impactantes, cómo aprovechar un personaje o situación, etc.

Por un momento creí que el cronista se arrojaría a dar una clase magistral para dejar contentos a sus contertulios, pero la salida que eligió me pareció la más inteligente y digna de una persona (si no humilde) con los cinco sentidos en su lugar.

“La verdad –dijo en tono firme–, no me siento el indicado para decirles cómo deben hacer una crónica. Tal vez les podría contar cómo hago las mías, aunque tampoco es que esté muy seguro de que pueda explicarles un proceso que hasta a mí mismo me cuesta trabajo descifrar”.

Pero la pregunta es, ¿por qué me acordé de Obregón? Sencillamente porque en muchas de sus entrevistas siempre sacó a relucir su deseo de que se clausuraran todas las escuelas de arte que pretendían formar pintores y escultores con jóvenes inocentes, que no estaban muy seguros de cuál era el rumbo que debían darle a sus vidas.

“No hay derecho a sacrificar a 20 tipos, nada más que por salvar a uno”, decía el maestro, para quien la pasión por la pintura era como un sino, una maldición que elegía a las personas y las perseguía por todas partes hasta hacerlas que terminaran exteriorizando, a fuerza de pinceles y colores, lo que llevaban en el alma.

A lo mejor, Obregón exageraba con su deseo de que cerraran las academias de pintura, pero en lo que sí creo que acertaba era en su visión de que cierto oficios dependen mucho más de las facultades del alma humana que de las habilidades mentales y físicas que pueda tener un estudiante.

Este es el caso de la crónica periodística. Estoy de acuerdo con que se incluya en los pénsum de las facultades de Comunicación Social, pero al mismo tiempo creo que no es un oficio para cualquiera. Admito que debe mencionársele a todo el que desee ser periodista, pero a la vez creo que sería un asunto más de cultura general que un verdadero llamamiento de la vocación.

Es decir, cualquier periodista podría desarrollar sus dotes de buen redactor, pero muy pocos podrían exteriorizar la sensibilidad y el olfato que se requiere para concebir buenas crónicas, dado que el asunto no se reduce únicamente a tener buenos profesores o a leer todos los libros que se han publicado sobre ese tema.

Se trata de un proceso artístico literario que empieza desde muy temprano con el amor a los libros, la sensibilidad por el arte, la curiosidad por el mundo, el despertar de los cinco sentidos y el olfato y la visión que permiten percibir una buena historia donde todos ven un acontecimiento rutinario.

En la crónica, como en otros campos de la vida, cada guerra tiene su cuerpo élite.

Máximo Palacios Orellano, maximopalaciosorellano2@gmail.com

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