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La cantaleta | Máximo Palacios

Máximo Palacios Orellano, colaborador.
Máximo Palacios Orellano, colaborador.

A falta de un tema menos aburrido, voy a intentar escribir la misma cantaleta que le doy a mis familiares y amigos cuando de repente surge entre nuestras conversaciones el asunto de los procesos de paz que se organizan en Colombia.

Siempre les digo que para que esos procesos lleguen a feliz término, no es obligatorio que se concerten reuniones con grupos guerrilleros, ni paramilitares, ni Bacrim, ni pandillas.

Basta con que el Gobierno Nacional, y todos los ciudadanos colombianos, amanezcamos un día de estos con ganas de respetarnos entre sí, lo que también significaría respetar las leyes y hacer nuestro trabajo como Dios manda.

Pero mientras se siga viendo el panorama con el telescopio de la mezquindad y la conveniencia, todos los procesos de paz que se adelanten terminarán en lo mismo que culminó el del general Rojas Pinilla en los años 50, el de Betancourt en los 80, el de Pastrana en los 90 y en lo que podría terminar el de Santos en el siglo XXI.

Menciono lo de la mezquindad, porque todos los procesos de paz que se hacen en Colombia se organizan de la misma forma y  con el mismo fin: que los violentos dejen de molestar a los ricos. Así hizo y pretendió Rojas Pinilla con los alzados en armas de los Llanos Orientales; Betancourt con las Farc, lo mismo que Pastrana y Santos.

Y lo mismo hacen en Cartagena con el apaciguamiento de las pandillas. Lo que buscan los supuestos pacificadores es sacarle plata al Distrito y, de paso, reducir el temor que tienen los ricos de que los violentos algún día se les metan en el Centro Histórico o Bocagrande.

Un verdadero proceso de paz empezaría por controvertir las supuestas ideologías de los guerrilleros, pues siempre han sostenido como bandera que necesitan hacer una revolución social en el país; una revolución en la justicia, en las políticas sociales, en la atención a los campesinos y en la apertura de más oportunidades para todos en todos los sentidos.

Si todo eso que vienen pregonando los subversivos, desde hace más de 50 años, lo hubiera tomado el Gobierno Nacional como su propia bandera, no se hubiese gastado tanto tiempo y dinero organizando cumbres de paz dentro y fuera del país, para siempre terminar en nada y permitir que los campos se sigan manchando de sangre.

De igual manera, si el “desarrollo” de Cartagena no hubiera tenido como banderas ocultas la mezquindad y la exclusión, tal vez no habría pandillas ni se hubiesen gastado tantos recursos en fuerza policial ni en hacinamiento carcelario.

Hablo nuevamente de la mezquindad y de las conveniencias personales en el mismo instante en que se rumora que empresarios chinos están interesados en invertir en Colombia, pero necesitan que se les garantice que los violentos no serán una talanquera para sus empresas. Con seguridad, esas inversiones favorecen significativamente al presidente Santos, a su familia y amigos, lo que explicaría sus afanes por lograr que las Farc se retiren del conflicto.

Mientras tanto, la corrupción madre legítima de todos nuestros males, que espere.

Máximo Palacios Orellano, mpalacios@vamosaandar.com

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