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José A. Ramírez | Testimonio de Natalia

José Ángel Ramírez Zabaleta, colaborador.
José Ángel Ramírez Zabaleta, colaborador.

Lucas 6:20 “Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.”

Lucas 7:23 “Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;

Ayer fue uno de esos días que marcas en tu calendario. El Señor nos consoló de gran manera. ¡Un día para no olvidar!

Fuimos a una parte de las más pobres de Olaya Herrera (barrio de estrato uno de Cartagena de Indias), junto a la Ciénaga de la Virgen, donde llevamos trabajando ya varios meses evangelizando y esperando plantar una iglesia en el sector. El hecho es que justo cuando llegábamos comenzó a llover, ese hecho nos desanimó en parte. En el sector cuando llueve siempre se forman peleas, así que eso nos hizo dudar y temer, pero confiamos y oramos para entrar al sector. Aun así seguí un poco desanimado por la lluvia.

Llegamos a la última casa del sector, una casa que está al lado de la ciénaga, allí estaba una madre con 5 niños. Era una casa con piso de arena, y solo tenía un cuarto con dos camas donde duerme la madre y los 5 niños. El cuarto al mismo tiempo es cocina, la sala y el baño, todo está junto. Al llegar a la casa fuimos recibidos en medio de la lluvia. Entré y los 5 niños se sentaron a mi alrededor junto con su madre a escuchar lo que yo iba a compartir.

Yo estaba desanimado, no tenía ganas de predicar. Sin duda, la lluvia me había desanimado y lo peor es que estaba predicando por cumplir. Pero me impacto tanto el hecho de que los niños y la madre se concentrarán tanto en mí, estaban en silencio y esperando que yo dijera algo. Así que les vi el rostro a los niños y pude ver sus necesidades, no solo materiales sino espirituales, y entendí que la predicación ayer no debía ser por cumplir, sino por necesidad, para el bien de ellos y para la gloría de Dios. Entendí que la predicación no es un acto por cumplir o ganar el favor de Dios o de los hombres, sino que la predicación puede salvar y consolar.

En ese momento entendí que debía hablar a morir o vivir. Que ellos necesitaban oír lo que debía decir, y entonces prediqué con confianza. Prediqué para salvar a personas y no por hablar. Nunca había sentido tanta confianza al predicar y tantas ganas y necesidad de hacerlo. Así que, comencé a hablarles de Noé, la historia del diluvio, y fue sin duda increíble ver como los niños estaban tan atentos a la enseñanza. No sé si los adultos hubiesen estado tan atentos. Pero esos niños me oían y estaban concentrados en mí. Ellos no necesitaban pan, ellos no necesitaban plata, ellos necesitaban oír la predicación.

Todos los niños estuvieron atentos durante la enseñanza, pero entre los niños había una llamada Natalia, Natalia tiene entre 5 y 7 años, ella estaba muy concentrada y contestaba a todas las preguntas que le hacía. Me impactó tanto Natalia que me pregunté ¿A caso los niños no pueden creer? ¿Acaso los niños no son discípulos también? ¿Acaso ellos no pueden ejercer fe? Natalia estaba tan concentrada que, sin duda, tengo confianza en que ella desde niña puede llegar a ejercer fe, porque Dios se la puede dar. La fe es don de Dios.

Al final, cuando terminé le vi la cara a Natalia y sentí que tenía algo. La vi un poco angustiada así que le pregunté que tenía. Ella no me contestó, tenía ganas de llorar. Pero su madre habló y me contó que Natalia todas las noches sueña con que una bruja se la lleva volando por la Ciénega de la virgen. Y Natalia todas las noches se acuesta asustada.

Su mama me dijo que Natalia todas las noches antes de dormir se arrodilla y le ora a Dios para no tener los sueños que tiene. Su madre me decía que mientras ella se acuesta y todos los niños se duermen Natalia se arrodilla y ora. Ese fue el hecho que más me impactó. Con toda la teología que yo entiendo y conozco yo no me arrodillo todas las noches como Natalia, pero Natalia sin saber nada de teología ella se arrodilla toda las noches con más confianza en oración que la confianza que yo tengo cuando oro.

Entonces comencé a hablar a Natalia de la grandeza de Dios y de la pequeñez de una bruja. Le comenté todo lo que Dios ha hecho y lo poderoso que es, y lo que una bruja podría hacer frente a un Dios tan poderoso. Entonces el rostro de Natalia cambió. La sentí más alegre, mas confiada. Ella entendió que Dios es poderoso para cuidarla. Y en ese momento en su cara vi una sonrisa.

Una sonrisa que no se compraría ni con todo el dinero del mundo. A pesar de su condición económica, ella pudo sonreír mejor de lo que muchas personas económicamente hablando podrían sonreír. La sonrisa de Natalia pagó la ida a Olaya, solo ese hecho mereció la pena ir aún bajo la lluvia. Ver a Natalia sonreír me enseñó demasiado y me animó a seguir yendo a Olaya a predicar. Natalia pudo oír el evangelio y sonreír al final. Yo era el que le estaba enseñando a Natalia, pero en realidad fue ella la que me enseñó a mí. ¡A Dios sea la gloria por la vida de Natalia y de su familia!

José Ángel Ramírez Zabaleta, deportes@vamosaandar.com

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