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Festival del Puente, en Chambacú

Así me contaba el Viejo Magallanes  Cervantes- “llegamos por los años de mil novecientos treintaisiete, en el mes de mayo, tomé la accesoria de la esquina  de la primera cuadra, que se iniciaba a la bajada del Puente de Madera de la Ciénaga de Chambacú  y Cabrero, allí llegué con mi esposa y mis tres hijos.

Se había producido el desalojo de los barrios que estaban ubicado alrededor de las murallas, que hoy dan el frente a la avenida Santander: Boquetilo, Pekin y Pueblonuevo. Los pobladores de aquellos lugares, llegamos a diferentes sectores de la ciudad, muchos llegaron al barrio de Canapote, otros a La Esperanza y Chambacú. Eran espacios pantanosos que debíamos amansar para que no nos destruyeran las plagas, especialmente los mosquitos, como pasó en Canapote, donde muchas familias, se enfermeron y les tocó buscar otros sectores, como le pasó a la familia de mi hermano Martín Magallanes, que se trasladó a  Chambacú y allí vivió, hasta su muerte”.

Mi abuelo, callaba por un momento y miraba detenidamente el cordel que sostenía en su mano derecha, esperando el robalo que debía pescar esa tarde. El agua estaba quieta, sólo se apreciaban las ondas que dejaba la medusa, en sus movimientos de adioses, en  recogimiento y extensión de su gelatinoso cuerpo.

“El caso de mi hermano Martín, es digno de contar, por la forma como preparó el terreno en la isla Elba (Chambacú). Se dedicó a extraer caracolejo (restos de corales marinos), para darle firmeza al terreno que había escogido para construir su vivienda. Esta forma fue imitada por muchos pobladores del sector”.

Hoy, los chambaculeros, recuerdan a Martín, porque allí, donde está edificada La Mole Inteligente, quedaba la casa –tendal  de Martín.

En aquel Chambacú de los años de mil novecientos cuarenta, se hacían  muchas actividades lúdicas, donde participaban los residentes del condominio y ciertos invitados que venían de los barrios Sandiego, Torices, El Espinal, El Cabrero y Canapote.

Las competencias eran variadas: Pesca con Atarraya, Natación, Navegación en botes, Juego de bolita de caucho, Juego de Tapita, juego del Tango, Juego de Lotería, Ludo, Dominó y Composiciones Poéticas a la Mujer.

Una de las actividades muy recordadas  por mi abuelo, era la Pesca con Atarraya, donde él participó y resultó ganador, para esta competencia, el participante, debía tirar la atarraya, estando de pie, después de  detener el bote, mediante la potala o el ancla, la atarraya, debía abrir en forma completa -eran redes con un diámetro de veinte metros-. Esa vez el abuelo logró sacar veinticinco lebranches, de cuarenta centímetros de largo, aproximadamente. Resultó ganador. Sólo se podía hacer un lanzamiento.

Eran los tiempos en que las aguas de la ciénaga del Cabrero – Chambacú, tenía el acceso de las corrientes del Mar Grande a través del Caño Juan Angola, los peces en aquel lecho de aguas tranquilas, tenían  la misma presencia del Mar Caribe,  eran muy común el ágil jurel y el jaquetón robalo, que hacían su recorrido del mar hacia la ciénaga.

La vegetación de algas era muy variada  desde las verdes, hasta las moradas yodadas, que en su conjunto llamábamos “verdín”, donde se anidaban camarones y otros crustáceos, porque era abundante el pequeño caracol, llamado vulgarmente “Pata e´burro” .

La presencia de jaibas y otros crustáceos, de colores variados, todo aquello combinado por los  llamados “pipón” y ”guabino” , brindaban  una especie de acuarela acuática, que ocasionaba cierto embeleso, se escuchaba el juego del mero y los pasos lentos de los cangrejos.

Llegaba el día 6 de mayo, y desde muy temprano se iniciaba el ornamento del patio, con guirnaldas elaboradas con papel de barrilete, el recinto adquiría la apariencia de un carnaval de múltiples colores, iban llegando los diferentes participantes de los barrios invitados. Se iniciaba el festival con el breve discurso de Juan Gómez, uno de los más letrados del condominio, competía en sabiduría con Antonio Carlos Del Valle, ambos era conservadores y fraternos con la mayoría de los vecinos liberales.

Mi abuelo resaltaba, las poesías que se hacían en honor a la mujer, donde sobresalían los cantos poéticos del viejo Juan Gutiérrez Arteaga y Calazán Gómez. Un fragmento de aquellos poemas es:

                                     “mujer que llevas el candor en tus miradas

                                     Y regalas los secretos de tu corazón…

                                      Bendice el sendero con tus pisadas, y….

Siempre resultaba como ganador Calazán, a éste le sobraba el tiempo, nunca dobló su cuerpo en los quehaceres del hombre, vivió del cuento y de las afugias de su mujer por sostener la vida, existencia que se fue diluyendo con  la melodía de las medusas del Puente.  Ahora estábamos en la fraternidad de los invitados .

En la competencia de natación, hubo dos  nadadores  que siempre llegaron a la final, entre ellos se brindó una dura diatriba, donde el ganador fue el cabrerano Felipe Romero, quedaba como segundo Nemesio Magallanes.  Los espectadores, se volvieron  al centro del patio, para  mirar, el encuentro de “Tapita”, un asomo al “juego del bate”, al béisbol.

Eran muy cotidianas las confrontaciones entre los  sandieganos y los chambaculeros. Por los del barrio de los “Jabueyes”*, lanzaba el Chino Paternostro y por el otro equipo, era el “Mocho Sindo”, quien parecía ponerle un efecto, que hacía imbateable  la tapita. Después de eliminar a los equipos de Torices y Getsemaní, quedaban frente a frente los eternos rivales: Chambacú y Sandiego. Al final se realizaban tres encuentros, donde resultaba como ganador el equipo del Sindo.

El Festival, era animado por el tambor de Toribio, quien cantaba una canción, que se hacía repetitiva, se convirtió en el símbolo inicial de los encuentros chambaculeros: “ Yo no puedo, yo no puedo / con mi mano descompuesta / serán cosas de Dios / Serán cosas supuestas”…

También había una parte, un poco lírica, que la hacía Antonio Carlos Del Valle, quién había hecho de tenor, en el Teatro Municipal, o Teatro Adolfo Mejía, solo se recuerda un fragmento de su famosa canción: “ No llaméis cobarde, al que se dio la muerte / la bala del suicidio no deja cicatriz / escriban en mi tumba, que aquí reposa un cobarde / yo escribiré en mi loza, morir es descansar…

Todo aquel festival, terminaba en un fandango, donde se mezclaban los recuerdos de bailes transcurridos en clubes y cabarés. En aquel encuentro se quebraban barreras discriminatorias entre mujeres de pasados nocturnos y señoras de vida a la claridad del sol. Al final se coronaba a Villa, la mujer de Toribio, por su paciencia en la constante audición del tambor de su marido, quien también hacía  de “ Monosabio” en las corridas de toros en la Plaza de la Serrezuela del barrio de Sandiego.

Hoy las aguas, están enlutada por un pátina  verde-plomiza, brindan un mensaje nostálgico por la ausencia de la mojarra y el guabino juguetón.

Juan V Gutiérrez Magallanes, juanvgutierrezm@yahoo.es

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