“Leo que hubo masacre y recompensa. Me retocan la muerte y el egoísmo. Reviso, pues la fecha de la prensa, pareció que ayer decía lo mismo. Me entrego preocupado a la lectura del diario acontecer de nuestra trama, y sé, que por la sección de la cultura que el pasado conquista nueva fama. Vaya forma de saber que aún quiere llover sobre mojado…” Con este estribillo de Silvio Rodríguez de su canción: “Llover sobre mojado” continúo reflexionando con respecto a la realidad política y social de Cartagena de Indias.
Hace apenas un año y medio estábamos en el mismo escenario: campaña política para escoger alcalde de la Heroica. Algunos conductores de opinión de la ciudad comentaban el caos de la coyuntura política y la mayoría de los candidatos, sobre todo, los de la mayor opción de ser elegidos no tenían el perfil para gobernar una ciudad tan compleja como lo es Cartagena.
Algunos “profetas” de la política y la politiquería predecían que en un año y medio estaríamos eligiendo nuevamente autoridad para Cartagena, si se elegía el de mayor opción, según la preferencia de la masa electora. Los “videntes” argumentaban que su falta de pericia en la administración pública lo llevaría a errores que le iban a permitir dirimir del mandato.
Los mismos grupos politiqueros, oportunistas de las coyunturas electores y una cuarta parte del motor que se prende para los debates propios de elecciones, oficializó su competencia una vez más en Cartagena de Indas, ciudad que ha tenido más procesos electorales que la mayoría de las capitales, pues ha elegido nueve alcaldes y una alcaldesa en 25 años de elección popular de autoridad local en Colombia.
Muchas ciudades similares a Cartagena, sólo han elegido nueve alcaldes y/o alcaldesa en estos 25 años de democracia representativa de autoridad local en Colombia, lo que significa que por el momento la Heroica les aventaja por uno proceso más a nivel electoral. Y en dos meses aumentará a dos, pues otra vez iremos los cartageneros a las urnas para escoger alcalde o alcaldesa.
Eso demuestra inmadurez electoral, porque para llegar a estos dos periodos atípicos de elegir autoridad local, la ingobernabilidad ha sido la reinante, pues con gobiernos interinos y a punta de encargos oficiales es muy poco lo que una urbe puede avanzar y por el contrario los focos de la corrupción saben sacar el mejor provecho.
Vuelvo a parafrasear con un estribillo de Rubén Blades, esta sí es una canción muy popular, Decisiones: “Decisiones –Ave María- cada día –Sí señor- alguien pierde, alguien gana ave María –Oye Caco- Decisiones, todo cuesta, salgan y hagan sus apuestas ciudadanía.” Mucha gente la canta pero en verdad sólo repiten como loros sin saber a ciencia cierta la profundidad reflexiva de la frase.
Sí, es que nuestras decisiones, en muchos casos son el coro que repetimos inconscientemente cada vez que cantamos esa vieja y popular pieza musical del cantante panameño. Decidimos sin observar detenidamente las consecuencias de lo decido.
Cada vez que tengamos frente a nosotros, y eso es de todo momento, que tomar una decisión es preferiblemente sacar un tiempito para pensar qué nos traerá como resultado lo decidido. Siempre, va haber una decisión. Por eso es bueno, tener muy bien claro, por lo que nos vamos a decidir.
Hay una canción, no muy popular de Rubén Blades que reza: “De que nos vale tener inteligencia sino aprendemos a usar la conciencia”. Ese estribillo me sirve de ejemplo para referirme de la conciencia sobre los derechos.
En los últimos años, he visto como las personas que se agremian en organizaciones defensoras de derechos humanos han venido dando sus luchas y perdiendo sus vidas, en algunos casos de líderes, por tratar de hacer conciencia sobre los derechos.
Así como Jesucristo -aunque algunos de mis amigos no le gusta que lo compare con los hombres, pues para ellos es sólo Dios- fue víctima de una gigante injusticia por la falta de conciencia de los derechos, mucha gente ha visto cómo sus principios, el convencimiento de sus luchas en la defensa de derechos y deberes, también le ha permitido ser otro mártir de las injusticias inhumanas impartidas por algunos humanos que no tienen conciencia de sus derechos.
Los literatos que escriben novelas, cuentos, guiones cinematográficos y de libretos para el teatro y la televisión, incluso todos aquellos que narran relatos tienen muy claro cómo es el manejo de los momentos para jugar con la trama, esa que nos mantiene a todos a la expectativa.
Vivir la vida que nos correspondió obedece en gran medida a la conducta de la trama, cada uno de los propósitos que nos empeñamos en sacar adelante se nos convierte en un conflicto, lo cual es parte de la trama y nos pasamos en gran medida aplazando o evadiendo las tramas, y nos quedamos con los problemas, porque algunas veces no sabemos cómo resolver la trama de la vida y por eso en ciertos casos no vemos clímax.
Recuerdo muy bien la fábula de los tres hermanos que me enseñó mi amigo Silvio. Y todos en la vida que nos correspondió vivir, en cierta forma somos en oportunidades como el hermano mayor, poco arriesgado y cobarde; de otra manera somos como el hermano del medio, no aprendemos de los errores y nos pasamos la vida repitiendo la historia y en otras ocasiones somos como el hermano menor, le tenemos el ojo puesto a todo.
Algunos líderes, sobre todo los políticos, el poder que Dios les da para guiar a un pueblo o una comunidad determinada en ocasiones los enferma, porque se creen tan poderosos y son tan ilusos que desconocen esa bendición.
Sí, el poder es una bendición de Dios, y quien no lo entiende así, se condena a enfermarse de hambre por el poder, y sus decisiones dejan de ser colectivas y equitativas para convertirse en caprichosas y egoístas.
Quien no entiende que el poder es una bendición de Dios vulnera muchos derechos, y cree que sin él al frente de la causa, la misma estaría destinada a fracasar. Un auténtico líder sabe que él es, una ruta de Dios, por la cual, también muchos otros líderes se encausarán y así lograr beneficios colectivos.
Hace muchos años entendí que la peor propaganda es la mejor publicidad, por eso no es gratis cuando los publicistas dicen que el diablo es el mejor vendedor.
Si los cronistas de las notas judiciales, sus jefes de redacción y venta, como las repetidoras de las estaciones de radio que replican con sus locutores irresponsablemente la publicidad alusiva al temor generalizado que protagonizan los delincuentes, entendieran que si hacen un manejo inteligente de sus reportes periodísticos la sociedad tuviera más coraje para enfrentar a la delincuencia.
Por estos días de cine que inundan a Cartagena de Indias de encuentros culturales en múltiples espacios: barriadas, plazas y sitios acondicionados para salas de cine, lo que verdaderamente encuentro son operaciones de esperanzas.
Cada vez que la magia del cine nos arropa, por muy dura que sea la realidad, finalmente lo que nos deja el mensaje fílmico escogido para ver, son opciones de esperanza, actitudes reflexivas para cambiar.
Convencido que la apuesta de llevar el cine a los barrios y traer el barrio al cine sin que tengamos que hacer mayor esfuerzo, sólo sacar la voluntad, es sin duda un acto esperanzador en la ciudad que posee el festival más importante de América Latina.
También somos lo que protegemos, esas dos frases las escuché mientras veía una película. De inmediato se me prendió el bombillo, para poder iniciar esta columna, pues desde la mañana hilvanaba en varias ideas pero no hallaba el camino para arrancar con la misión de fijar una opinión que nos elimine la desesperanza y nos haga tener pensamientos esperanzadores.
Ya lo he dicho desde varios puntos de vista en mis dos anteriores columnas, en Cartagena de Indias necesitamos tener esperanzas para derrotar las incertidumbres con que nos acostamos y nos levantamos muchos ciudadanos y habitantes ante el lamentable estado de la realidad política, social y económica de la urbe.
“La esperanza dispone de tantos terrenos baldíos”. Así lo expresó el poeta Oliverio Girondo, al referirse a la esperanza.
Los terrenos baldíos son aquellos por ocupar, quiero darle ese sentido al poema. Y en este caso concreto no estoy hablando de territorio, sino de los espacios ciudadanos que los cartageneros deben conquistar para tener una urbe con sentido humano.
La tarea es sencilla pero compleja, en Cartagena de Indias llevamos muchos años navegando con brújulas que se distorsionan porque quienes dirigen la nave adolecen de sentido humano y se interesan más por sus intereses, perpetuando así las diferencias y las discriminaciones.
La historia así nos lo ha contado. Hemos sido una sociedad segregacionista, lo que genéticamente nos marca y convierte en un sello de identidad, que permite a muchos foráneos capitalizar eso para dividirnos más. Es por ello, que abrimos nuestras puertas y ventanas a quienes vienen de afuera en mayor proporción en comparación con los nuestros.
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