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Desaprender a amar el dinero…

El doctor Mordecai le respondió a mi papá: “Jose, lo único que debes hacer es agradecerle a Ganem por los 20 años que estuviste en su local de Getsemaní, y ahí, conseguiste todo lo que hoy tienes”.

Mi viejo le había consultado al doctor Roberto Mordecai (Qepd) la posibilidad de solicitar una indemnización a Salomón Ganem (Qepd y reconocido empresario de la mitad del SXX en Cartagena) por pagar renta en un local comercial donde funcionó su taller automotriz por más de dos décadas en la calle del Pedregal en Getsemaní. Primera enseñanza, ser agradecido.

La anterior historia mi padre me la repitió muchas veces cuando recontaba sus vivencias. Hoy recuerdo sus elocuencias de aquellas noches en la terraza de la casa, en la sala de espera de una cita médica, cuando nos transportábamos en carro a algún lugar, en fin, mi viejo fue incansable narrador de sus experiencias, que sin duda eran, y siguen siendo, aprendizajes para ser mejores personas…

De tanto contarme sus historias me enseñó a valorar, por encima de poner precio. Entendí que lo bueno cuesta, y no necesariamente por dinero.

Una de las frases más bellas que utilizaba mi viejo era: “El que tiene es el que pierde”. Profunda. Perder dinero tiene repuesto. Pero perder lo que tiene valor como la auténtica amistad, el amor de familia y la confianza son valiosas pérdidas. A muchos les cuesta comprender esos valores, por eso, a todo le ponen precio.

Mi viejo fue el primer amigo que incluía en los cinco dedos de mi mano, porque las verdaderas amistades no superan esa cifra, es una jerarquía que viene del alma.

Hoy me doy el lujo de restar importancia, a todo el dinero que se me pierde, ninguna plata me convierte en traidor a mis valores, ningún dinero atentaría contra los principios que me enseñó mi viejo. “Don Billete” no es mi dios, por eso a cierta gente le cuesta mucho poder comprarme…

También, le aprendí a mi padre que uno vale por el buen servicio que preste sin importar si te lo pagan dentro de lo justo, porque el trabajo es Bendición. Si aceptamos ganar poco por laborar, eso en nada cambia la calidad del buen servicio. Nuevamente, «Don Billete» jamás será el racero de las personas con vocación de servir.

Las experiencias de mi viejo dejaron huellas tan profundas de las cuales me siento honrado. Uno es el ejemplo de sus padres, y el mío, quizás esté por fuera del inventario de los impolutos. Sin embargo, entendí que debo ser coherente con lo que le aprendí al momento de actuar en la vida, sobretodo, en esas circunstancias donde el dinero lo quieren imponer ante todo. Es ahí, donde digo: «Gracias, así no juega mi gallo».

Rodrigo Ramírez Pérez, director@vamosaandar.com

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