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Rodrigo Ramírez | Carbonizados políticos…

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Rodrigo Ramírez Pérez, director de contenidos GC.

Hace un año un amigo que le gusta la política, pero que también tiene virtudes de humanista, me comentó:

“Mis amistades de la política les gustaría verme como alcalde de Cartagena de Indias, el problema es que hoy gozo de mucha paz espiritual, buen nombre, excelente relaciones con todos los sectores sociales, políticos y económicos de la ciudad, y eso es más importante que entrar en las guerras de desprestigio que enlodan a todos los que de alguna manera quieren ser gobernante de la Heroica”.

Para mí ese criterio no era nuevo, pero que lo dijese una persona que ha estado relacionada con la política, era un argumento de mucho peso. Pues me estaba confirmado que el “hambre de poder” es paralelo al sofisma: “la política es el arte de servir a la gente”.

Es cierto, por ello más del 50% de la población es abstencionista y le importa “unculismo” lo que pase en las decisiones políticas de la ciudad, el departamento y el país. Pues la tesis es: “Si no trabajo no como, a mí el político no me da nada”.

Ambos argumentos son válidos, el de mi amigo político y el generalizado que concebimos de los abstencionistas. Vale la pena reflexionar sobre estos conceptos.

Si una persona con vocación política auténtica, con reconocimiento público de ser sensata y capaz de gobernar dignamente una ciudad le “hace el fo” (sacar el cuerpo a una propuesta de alcaldía) es porque entiende que por mucho romanticismo que le quieran imponer al sistema corrupto muy difícil sería cambiarlo.

Para algunos reformistas de la política, ambas tesis serían pesimistas y conformistas. Estaríamos hablando de seres vencidos y marcados con el puño en la frente de perdedores.

Para nuestro caso personal y de algunas organizaciones, donde el sistema nos decepciona pese a los cambios mínimos que se han dado, hemos optado por la pedagogía política de sembrar esperanzas en los ciudadanos que nada les interesa el nepotismo y los negocios con el Estado, pues les importa el desarrollo humano de la sociedad.

Es el plano humanista el que nos hace auténticos ciudadanos, pues cazamos las luchas en la defensa de los derechos y los deberes de toda la sociedad en su conjunto, desde el entorno (medio ambiente) y crecimiento como persona, lo que paralelamente significa evolución espiritual.

Tener espiritualidad te permite ser un ser humano justo y tolerante de todas las conductas y dogmas de la gente, porque la humanidad y los seres vivos que habitamos la tierra somos diversos.

Cuando armonizamos con la diversidad, somos humanos integrales y nuestra espiritualidad está más cercana a la disciplina de Dios, donde no hay religiosidad, ni dogmatismo, ni fanatismo.

El anterior convencimiento nos hace pensar que si tenemos políticos humanistas y una masa humana optimista de que se puede tener líderes políticos en el poder sin las conocidas prebendas de los negociados, del nepotismo, del clientelismo y todos esos vicios de la politiquería, estamos contribuyendo a la transformación de la condición de naturaleza muerta en que permanece el Estado de Derechos que nos rige a la categoría del respeto y credibilidad de la institucionalidad.

Puntualizo, ha sido tan desprestigiada la labor de todos los políticos de Cartagena de Indias que ninguno en los últimos 100 años, se ha merecido el reconocimiento dignatario de postular su nombre a cargos ejemplares de orden nacional, es decir, ser presidenciables, porque su papel local lo hace merecedor de esa designación.

Es lamentable que ser alcalde o alcaldesa de Cartagena, o gobernador o gobernadora del Departamento de Bolívar es pisar la tolva del horno crematorio que carboniza su futuro político.

Rodrigo Ramírez Pérez, director@vamosaandar.com

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