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Aún quedan crustáceos en las aguas de Chambacú

Ahora las aguas dejaron de mecer las verdes y moráceas algas, que tomábamos como verdín para pescar jaibas y secarlas al sol e imitar el suelo de pequeñas casas construidas a la orilla de la ciénaga. Hoy el agua tiene la opacidad plomiza que dificulta la gestación  de vida en aquel espejo enfermo.

Pero la terquedad de la naturaleza es obstinada y pertinaz, llegando a manifestarse en especies acuáticas con tamaños muy reducidos  en degradación de los peces y crustáceos que allí se desarrollaban. Hay un área cubierta de verde mangle recién sembrado.

Por el follaje que presenta, se puede deducir la gestación de vida en ese pequeño sector, como pueden ser cangrejos y caracoles, con respecto a estos últimos hay seguridad de su formación.

Quedo perplejo y a la vez al transcurrir  unos instantes me maravillo al ver cómo en ese día del mes de enero del presente año (2016), Antonio extrae de aquellas aguas cientos de caracoles, algunos en estado de adultos y otros muy pequeños, les tritura el caparazón y hace  un conjunto que se prepara para vender a algunas de las ostrerías de la ciudad.

Antonio de Acosta, es un permanente mirador de las aguas, hace meditaciones sobre la variación del color de éstas, lo que aprecia para saber cómo le puede ir en el día. Él se empecina en insistir en este proceder, muy a pesar del aumento de desechos y de aguas residuales que llegan a la ciénaga. No  tanto, por  estas condiciones, sino que las circunstancias de vida han variado en lo referente a la actividad que siempre ha desarrollado, pescar con atarraya, teniendo como credo religioso devolver a las aguas los peces pequeños.

Los pescadores tienen visión aguilucha, miran a la distancia y detectan cardúmenes que les permiten hacen premonición de la cosecha del día. Antonio es uno de ellos, pero ahora las condiciones son  muy adversas, el descuido y el abandono por la conservación de los cuerpos de agua, lo que ha provocado el deterioro y extremada extinción de muchas especies acuícolas.

Antonio, se deja  caer en las tramas del soñador del Parque, un hombre que nunca ha salido de la ciudad  y lo han dejado vivir en la ruina de la calle de Portobelo con  Nuestra Señora del Pilar.

Juan Vicente Gutiérrez Magallanes en el Caño Juan Angola, a la altura de El Cabrero con Chambacú.
Juan Vicente Gutiérrez Magallanes en la Laguna del El Cabrero con Chambacú.

“Cartagena de Indias, de su mar se desprenden las brisas que llegan  a los balcones, a las estatuarias, a los pórticos de arcos alegres, a los zaguanes de ojos abiertos, a las esquinas detenedoras de brisas mensajeras, a los aldabones de huellas olvidadas, a las argollas de adioses perdidos, a los faroles de luces amigas, a los soles escondidos, a los almendros arrulladores de ecos de antepasados pescadores, a las palmeras enseñadoras de cánticos a los peces, a los alcatraces aplanadores de aguas tenebrosas, a las garzas de aguas azuladas.

Desde sus minaretes contemplamos las embarcaciones de atarrayas y trasmallos tendidos por pescadores embrujadores de peces de inmensas profundidades, los cangrejos  de ojos perdidos, los mangles de algarrobas pintadoras de hilos blancos que juegan al escondidos con las algas, que sirven de lecho a camarones de sueños duraderos, a las jaibas aplanadoras de piedras marinas.

Sus murallas son promontorios de esperanzados soñadores , dementes  medidores de aceras , desde ellas observamos a los loteros de sueños alegres, a los voceadores de noticias envilecidas, a los embaladores de ágiles manos, a los tinteros de Tuchín, a los vendedores de aguas samaritanas, a los vendedores de los últimos minutos de los celulares con figuras pornográficas, a las palenqueras vendedoras del optimismo en racimos comestibles, a las fritangueras de altares de maíz, a los pensionados compradores de puestos para ganar la primera puerta del cielo, a los vendedores de cupos a los que olvidaron el perdón del cielo, a los declaradores de patrimonios perdidos, a los anunciadores de tarjetas con llamadas a la eternidad, a les miles y miles de vendedores que abren el paso a los peatones  y  regalan flores de los parques de la ciudad. Y en un apéndice de la ciudad, que se policromiza para acallar las voces, formado por iglesias, universidades, parques, catedral, alcaldía, monumentos, inquisición y bóvedas.

El mar no perdió sus aguas en los alrededores, llegó hasta las partes más olvidadas de Cartagena y se diluyó en la simplicidad de las cosas que muestran la negación del hombre por hacerse presente y responder por la ciudad.

La salinidad del mar, no ha perdido ante la verticalidad de paredes destartaladas, cubiertas con restos de plásticos que impiden el verdor de la esperanza, que guarda en su estructura la clorofila, que emerge, cuando el sol le muestra su rostro.

Cartagena, ayer era un archipiélago de pequeñas islas que intercambiaban los aires, para aligerar la madurez de la naturaleza, las aguas que las rodeaban, variaban sus colores por la multitud de peces de diferentes pigmentaciones y las aves podían seleccionar sus nidos con variadas hojas. Pero muchos cartageneros se volvieron hidrófobos (odio a los Cuerpos de Agua).  Del mismo seno del aguas, extrajo restos marinos y cercenó los brazos de los cuerpos de agua, donde hoy se erigen grandes moles de cemento”.

La Ciénaga de la Virgen, el Caño de Juan Angola, la Ciénaga del Cabrero – Chambacú, esperan la benevolencia de los gobernantes de la ciudad, los que tienen la obligación de ejecutar proyectos en bien de estos Cuerpos de Agua, que se resisten a no morir. Cuando Antonio tira su atarraya en el Caño de Juan Angola y  saca Anchovas de escamas brillantes que muestran los últimos vestigios de vida en esos manglares olvidados por el gobernante cartagenero y el ciudadano arrojador de desechos. La misma naturaleza nos  está pidiendo a grito la Salvación de este ecosistema

Juan Vicente Gutiérrez Magallanes, juanvgutierrezm@yahoo.es

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