El rincón de Raúl
De Londres vino el boxeo
Por Raúl Porto Cabrales
A pesar de estar en su furor la contienda política colombiana, los estudiantes de la Universidad de Cartagena tenían otra preocupación y era la de cultivar el cuerpo. Por esa razón, en el claustro se estableció un gimnasio en el año 1898, el cual era dirigido por Andrés Gómez Hoyos y en donde existía implementación para la práctica de varias disciplinas deportivas sin ánimo competitivo. Así, los estudiantes podían practicar la gimnasia, la esgrima, las pesas, los saltos y una cosa rara que le llamaban boxeo.
Gómez Hoyos había residido en Inglaterra y allá había tenido la ocasión de conocer el desarrollo del pugilismo, por lo que en ese año decidió traer los implementos y armar un cuadrilátero en el patio de la Universidad de Cartagena. Simplemente lo que hacía era impartir las enseñanzas del boxeo clásico inglés, más que todo como un arte para la defensa personal de sus cultores. A pocos, verdaderamente les atraía nadie conocía el vasto mundo del pugilismo y quienes lo practicaban, lo hacían más llevados por la curiosidad y el entusiasmo de experimentar con la novedad. Pero la semilla estaba puesta. Pero su presencia es corta, ya que un año después estalla la conocida guerra de los “Mil Días” y todo se va al traste, porque el recinto universitario es cerrado por seguridad y los estudiantes toman cada uno su rumbo
Paralelo a lo anterior, hay indicios de acuerdo a nuestras investigaciones – que el boxeo llegó aún mucho antes, cuando a raíz de la instalación de un ingenio azucarero en 1874 en la zona agrícola de Marìalabaja, por parte del hacendado cubano Francisco Balmaseda, este trajo implementos de Nueva York para que practicaran el pugilismo obreros y empleados, con el fin que se distrajeran en los ratos libres. Todos ellos eran cubanos. Así, esa región de Bolívar tuvo la oportunidad de conocer la práctica de una actividad que a los nativos de esa región, les debió parecer extraña. Sin embargo, eso no pasó de ahí, no tuvo expansión y cuando el ingenio se cerró a los pocos años, la práctica de ese boxeo no dejó ninguna huella. Se podría decir que fue un movimiento aislado que careció de repercusiones.
Diez años después de ese experimento, Gómez Hoyos acondiciona un salón en una de las casonas de la calle Cochera de Hobo en el barrio San Diego, para la práctica del boxeo. En ese sitio se empezaron a darse cita varios jóvenes de las clases alta y media de la ciudad, con el fin de recibir sus instrucciones y enseñanzas. Entre esos personajes, se cuentan a Alejandro Amador y Cortés, Antonio Segovia, Fernando Tinoco, Manuel Núñez Plata, Gustavo Macía Del Castillo, Luis Carlos Delgado, Benjamín Baena Beltrán y Gabriel Jiménez Molinares, quienes con el fin de demostrar sus adelantos dentro del noble arte y difícil deporte, hacían topes ante los carretilleros del mercado público y los tira bultos del muelle de la Machina, quienes servían como conejillos de Indias para estos discípulos de Gómez Hoyos. Fácilmente se podrá suponer que podía pasar en esos desiguales combates entre la ciencia y la fuerza bruta.
Así mismo, para ese mismo año de 1908, funcionaba en el barrio El Cabrero “The Cartagena Tennis Club”, dirigido por Enrique Grau, Antonio Araújo Jiménez y Luis Felipe De Zubiría, entre otros, el cual contaba con equipos completos de boxeo, béisbol, esgrima, tenis y basquetbol. Ya para el año 1915, el profesor E. A. Fernie, enseñaba boxeo en el colegio Martínez Olier, un establecimiento educativo que tenía nivel universitario y en donde existían cátedras de Derecho, Filosofía, Comercio y Odontología. En los avisos de prensa de esa época, el colegio promocionaba la instrucción del pugilismo para aquellos que deseaban ingresar.
El periódico “La Época” de Cartagena, da cuenta en su edición del 5 de junio de 1918 de la llegada a la ciudad del boxeador bogotano Emilio Cabral, a quien señala como un pugilista que ya ha hecho demostraciones en Bogotá y el 14 informa que se enfrentará el domingo 16 a un “peligroso antillano” en la función nocturna del teatro Variedades, acompañada la función, con la película “Ideal”. Lo lamentable del asunto, es que en las posteriores ediciones del aludido periódico, no se menciona para nada el resultado del combate, si fue que se hizo.
Andrés Gómez Hoyos no desmayaba en sus ideas e iniciativas, y es así que en 1921, en compañía de Manuel Núñez Plata, uno de sus discípulos, adelantan el proyecto de fundar un establecimiento para la práctica del boxeo, la gimnasia y la esgrima. Para ello adquieren un lote de terreno a la orilla del mar, en el sector del desaparecido barrio de invasión del Boquetillo, donde hoy se encuentra el monumento a los Alcatraces en la avenida Santander.
El presupuesto de gastos para ejecutar la obra fue de 6 mil pesos y el local habilitado era un rectángulo de21 metrosde largo por 10 de ancho, de concreto armado y con todas las exigencias de las construcciones modernas. Señalan los comentarios que se hacían del proyecto, que en el interior tenía 16 como los palacios romanos, 2 amplios y extensos corredores externos y un gran número de ventanas para la ventilación, aprovechando las refrescantes brisas marinas.
Toda la implementación fue traída de los Estados Unidos y en 11 huacales llegaron los equipos y aparatos para darle vida a una idea que toma simpatía en los principales colegios vecinos de la urbe, como La Salle, La Esperanza y San Pedro Claver, quienes empezaron a enviar a sus alumnos a recibir instrucción, además del apoyo personal y oficial del gobernador de ese entonces Lo anterior trajo por consecuencia que gente del pueblo se fuera acercando por pura curiosidad a conocer la octava maravilla. En un villorrio como lo era Cartagena, con solo 45 mil habitantes, la voz se regó como pólvora y hasta del Getsemaní venían a conocer y admirar la obra, lo que provocaba los roces con los de San Diego, barriadas enfrentadas por cuestiones étnicas y culturales. De ahí salieron los primeros boxeadores y luego entrenadores de nuestro boxeo, nada menos con base del boxeo inglés.
Y así, sin querer, se fue empezando a cocinar el germen del boxeo y a cruzarse las primeras peleas sin ninguna reglamentación y organización y las murallas se fueron convirtiendo en escenarios naturales para dirimir las disputas, costumbre que prevaleció hasta hace unos 30 años, cuando se formaban las famosas “tortas”.
Por otro lado el 2 de julio de 1921 tiene lugar en Jersey City el pleito titular de los pesos pesado, entre el campeón Jack Dempsey y el retador francés Georges Carpentier, pelea que despertó notable interés en el mundo y hasta acá llegaban las informaciones sobre sus preparativos. Eso trajo por consecuencia que los periódicos publicaran notas sobre el deporte del cual nunca jamás se había hablado de él en la ciudad, y se fue despertando algo que estaba dormido, que se convirtió en plato del día y de la noche, revolviendo el avispero. Fue el detonante que prendió la mecha, y se empezó a hablar de golpes, de nockout, de campeonato y pare de contar. Fue algo que llegó como una avalancha y se apoderó de todo aquel que tuviera espíritu pendenciero. En las calles se hablaba otro lenguaje y la prensa decía que a Cartagena “había llegado otra peste”.
El interés y el entusiasmo se empezaron a tomar a los habitantes de las principales capitales, y fue así que Bogotá se dio el lujo de hacer la primera velada de boxeo profesional que se tenga memoria en el país. El hecho ocurrió el 5 de agosto de 1921, en el teatro Olimpia, el escenario de mejor importancia en la ciudad capital, que se vio colmado por 4 mil espectadores ávidos de presenciar por primera vez en su vida una lucha a puñetazos. La boletería se agotó y los revendedores hicieron de las suyas. Los actores principales fueron el señor Rafael Tanco y un súbdito belga llamado René Van Hoorde. El primero ganó 2 mil pesos y el europeo, que era oficial de caballería del ejército belga, ganó la mitad. La pelea la definió el bogotano en el segundo asalto. Este combate surgió de un desafío que el belga, a través de una carta, le hacía a Tanco y este se puso en contacto con los administradores del Olimpia para que hicieran de empresa. Estos analizaron la propuesta y pensaron que eso era un buen negocio. Empezaron a promocionar la pelea, la gente se entusiasmó, agotó la boletería y así se levantó una afición.
La noticia del acontecimiento bogotano se regó como pólvora y al poco tiempo Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, Medellín, Cali, Manizales, Armenia y Bucaramanga hacían su primera experiencia, con pugilistas chilenos, principalmente.
Hasta donde había llegado el experimento de Gómez Hoyos, cuya memoria anduvo perdida por más de 80 años, hasta que nosotros con nuestras investigaciones lo rescatamos de la indiferencia y del olvido. En homenaje a su gesta, el gimnasio que maneja la Liga de Boxeo de Bolívar lleva su nombre. Pero eso no es suficiente.