Permanecía en ensoñación masticando un tabaco, cuando no estaba cantando un bolero nostálgico, que poco tenía que ver con su vida, porque la suya era tan simple como las frases que usaba para dar explicación a su hacer de hombre solo, de un solo día que poco esperaba de los demás, muy a pesar de vivir de lo que a otros no le gustaba hacer, o no querían hacer. Dispuesto para hacer cualquier diligencia, siempre que ésta tuviera una recompensa con la que pudiera satisfacer los sueños que avivaban sus momentos de viejas canciones, como: Rondalla de Alfonso Esparza Oteo:
En esta noche clara de inquietos luceros
lo que yo te quiero te vengo a decir.
Mirando que la luna extiende en el cielo
su pálido velo de plata y zafir…
Pocas veces finalizaba una canción, quizás esto lo había aprendido del cantador a pretil que pernoctaba por el barrio. Aunque se mostraba destinado a imitar lo que otros no querían vivir, pero él estaba allí con sano corazón y emprendía el camino con su imagen a cuesta, que debía trasladar del lugar del difunto, donde se había cumplido el novenario, la efigie, esa que, ya no era necesaria para aquel acto, caminaba con él en el regazo y un poco inclinado, situación que no era por el peso de la imagen, sino por la presencia de excreciones de callos en los pies desde muy niño, lo que siempre le impidió llegar a ser un gran boxeador, porque tenía buen estilo, lo que había demostrado, cuando se calzó los guantes con kid Valentín, “El Aguatero”; ahora pasaba por una situación de tener que decidir entre repetir lo que otro no quería hacer en su vida y lo que su avidez por uno cuantos pesos le tocaba el corazón y debía cumplir-era muy cierto que él tenía mejores oportunidades que Edipo, frente el querer del Oráculo- El Papa avanzaba por la calle haciendo breves estaciones debajo de los alares de las casas de las señoras que lo detenían para preguntarle por el encargo que llevaba, algunas por simple curiosidad y aprovechar tocar la imagen con el genero que sostenía la rama de palma que guardaban detrás de la puerta que daba salida a la calle, la mayoría de las estadas que hizo, fueron para responder por el origen de la figura que portaba, era una imagen labrada en madera de guayacán, sobre ésta se había aplicado un barniz, que le daba un toque de piel natural y lozana humedecida por el sudor del Papa, ocasionado por la alta temperatura de las once de la mañana y la dificultad para transitar por las calles empedradas en difícil equilibrio, le faltaba un largo trayecto para llegar a la casa dueña de la imagen. Al pasar por el frente de la casa de la señora Zoila María, escuchó lo que había temido desde el momento en que emprendió aquella labor__¿Papa, vendes la imagen ?__ No señora__ respondió el Papa con un poco de preocupación. Continuó su camino y miró como el sol se había dejado ocultar por una nube, perdiéndose la brillantez del aviso de la alcaldía, que anunciaba el desalojo, de los habitantes del barrio, ya eran casi las doces del día, cuando escuchó otro llamado:
__ Señor ¿Por cuánto vende el milagroso ?__No señora, no está venta__Respondió, ahora un poco malhumorado, por tener que decidirse entre cumplir con lo ordenado por los dueños del Caído o aprovechar aquella oportunidad, que no era tan sencilla, como otras ocasiones, donde el objeto, no tenía la similitud de una realidad ya vivida por la humanidad con un lastre dejado en la conciencia de ésta, así que, continuó su misión con mayor lentitud, porque parecía, que los pensamientos no lo dejaran avanzar en aquella simulada procesión, bastante comprometedora.
Durante aquel trayecto, se le había olvidado el canto de su canción favorita, de Vedan- C.J. Sanders, en la voz de Carlos Gardel: “Adiós muchachos”, tampoco se había atrevido a masticar su tabaco marca número ocho, muy a pesar a que el día, se había iniciado con un sol muy refulgente y después un nimbo lo ocultara. Las cosas, que estaban sucediendo tenían un tinte diferente, había algo, que no lo dejaba tranquilo, así que ya faltándole pocas cuadras para terminar su trabajo, se asomó una señora, vestida con un traje de mangas largas y falda sobre las rodillas, que le decían “La Chibolo”, sus últimos años de jolgorio los había vivido en el sector de “Aires Cubanos”, donde la vida era hedónica con pesares en las mañanas de los lunes: __ Joven, le compro el sacrificado.
__No, señora, no está en venta. Ya se hacía en su trajinar de hombre dispuesto a los días sin ataduras de ninguna clase: un reto, que había que buscar una solución en su calidad de hombre libre para una canción y un encargo. Pensó la propuesta de “La Chibolo” y cuando iba a voltear la esquina para llegar a la casa dueña del sacrificado, se devolvió y le dijo: __ ¿Cuánto me da ? __Habló pausadamente y dijo: __ Lo vendió Judas en persona y que no lo venda yo en imagen___ El Papa Caino, recibió tres pesos, sin ningún remordimiento. Después de todo El Papa Caino, era un hombre que no sabía, porqué le decían Papa, tal vez por ciertos momentos de bondad y Caino, por las travesuras que algunas veces se le ocurrían ___. Entonó su canción:
Adiós muchachos compañeros de vida,
barra querida, de aquellos tiempos.
Me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi vieja muchachada.
Adiós muchachos ya me voy y me resigno,
contra el destino, nadie batalla…
Es Dios el Juez Supremo, no hay quien se le resista,
yo estoy acostumbrado, su ley a respetar,
pues mi vida se deshizo con sus mandatos…
Terminó haciendo de la canción un estribillo, hasta cuando se opacó el brillo de las treinta monedas de diez centavos en la marihuana del día. En medio de aquel letargo, entonó una vieja guaracha de Curelio Machín. Sin Corazón en el Pecho.
Si naciste sin corazón en el pecho
tú no tienes la culpa de ser así,
Tu desdén es la causa de mi tormento
Tu desdén es la causa de mi sufrir…
En la penumbra de aquel estado de levitación, sobre la mesa donde habían jugado la última partida de dominó, recordó la “Canción del Dolor de Rafael Hernández: Tengo clavada en el alma, como una canción que implora, como una canción que llora un infortunio de amor…canción del doloooorrrr…
juanvgutierrezm@yahoo.es